Los dirigentes gubernamentales, políticos y o sindicales pierden la paciencia muy fácilmente y ello genera respuestas altisonantes o la aparición de posiciones inflexibles. Esto pasa todos los días y algunos medios de difusión reiteran esas altisonancias como para demostrar que hay oposición.

Por su parte, algunos dirigentes no levantan la voz sino que reiteran las ideas que superan la realidad de una situación lo cual es otra manera de reforzar lo que pasa aunque se trate de una situación por todos conocida.

Sea como fuere, en casos como los explicitados, hay una superación de los límites o un no saber hasta dónde se puede extender una persona verbalmente o por escrito para referirse a móviles públicos sin falsear la verdad.

Lo cierto. Se trata de un simple problema de comunicación: de hombres públicos que direccionan sus arengas y de la gente que al escucharlos aspiran a entenderlos lo cual es un derecho indiscutible.

Otra cosa que alarma en ese sentido y que hay que tener en cuenta. A los dirigentes les cuesta moverse dentro de los parámetros de la normalidad, en una sociedad que espera todo de ellos y donde la política se experimenta casi convulsivamente.

Por ello, tener apoyos es una fuente de poder. Hoy hay dirigentes (que parecen poderosos) que construyeron su apoyo poco a poco concediendo beneficios a los sectores a los cuales pertenecen y que, llegado el momento, tienen el voto de su sector.

Quienes no votan sectorialmente, pero observan el panorama nacional, desean que los dirigentes tengan un conocimiento seguro de sus responsabilidades y que las asuman con una visible precaución y transparencia en sus procederes.

Tal vez al país le falta más tiempo en estas experiencias aunque la vertiginosidad de los hechos globales desubique un poco todas las actividades políticas, sociales y culturales.

Si alguien preguntara si hay una necesidad de actuar más rápido hay que responder que no, que hay una necesidad de pensar con más precisión en las causas comunes y dejar de lado -así- las apetencias de pequeños sectores.

No se trata sólo de procederes sino de vincular éstos a las mejores expresiones de la sociedad para lograr una movilidad enriquecida capaz de arrojar sus mejores frutos para todos.

¿Es difícil vivir en sociedad? Se preguntarán a menudo algunos ciudadanos. No, aunque para muchos es complicado respetar los derechos y los anhelos de los otros cuando no ha habido de por medio comprensión.

Sucede que el hombre de hoy vive una sociedad compleja y tiene que enfrentar distintas situaciones cada vez que se propone llevar algo a cabo. Pero ésto le sucede a todos.

Nadie está exento de enfrentar situaciones complejas aún en trámites sencillos. Esto se vive todos los días y otorga una especie de capacidad para enfrentar hechos de distinta naturaleza.

De allí que muchos extranjeros consideren a los argentinos personas con un alta capacidad para actuar. De una especial capacidad para desenvolverse en distintas situaciones que se gesten en diferentes lugares.

Otros ejemplos. Hoy, la gente observa a quienes ejercen funciones públicas con cierta desconfianza por la divulgación de hechos un tanto reñidos con la verdad y con la moral.

Hoy, la gente se expresa por los medios -especialmente por las radios- y dice lo que cree que no está bien y deja planteado otro punto de vista. Es decir protesta, pero añade a su protesta una posible solución.

Hoy, la gente está enterada de todo y sigue atentamente lo que hacen los gobiernos -nacional, provinciales y o municipales- para poder hacer conocer, luego, con precisión su propuesta.

De esa manera se va conformando -lenta pero implacablemente- una nueva sociedad. El poder de cambio está en esas pequeñas acciones de todos los días que o pasan inadvertidas o se las observa como un hecho de la cotidianidad.

Es decir que las conductas públicas operan pero no lo hacen menos los criterios de los ciudadanos que se ajustan a la realidad. De los ciudadanos que se sienten parte activa de su comunidad.