Todavía subsisten como testigos tangibles del aciago terremoto del 15 de enero de 1944, aquellas precarias viviendas que el gobierno provincial y otros organismos proveyeron a la angustiada población, que además de ver y vivir la muerte a cada momento, se habían quedado sin techo. Son las casillas de ondalit cuyo techado eran chapas acanaladas u ondeadas de fibrocemento. Su arquitectura era muy simple, consistiendo en general, en un muro de mampostería que no superaba el metro de altura, seguido de una especie de cañizo enlucido con barro. Luego se extendían las nombradas chapas, formando un techo a un agua. Las viviendas se sostenían sobre una maciza estructura de madera, poseyendo generalmente una galería orientada hacia el norte. A veces el muro era de ladrillo, pues hubo pequeñas variantes edilicias. También se erigieron una suerte de casas prefabricadas, de madera. Es de destacar que actualmente existen construcciones públicas -restauradas- en distintos ámbitos de la provincia, que aún prestan servicio a la comunidad local, viviendas que han soportado los avatares del tiempo. Igualmente perviven algunas que son anónimas, como el caso de la que poseían mis ascendientes, quienes vivían en Chimbas.

A los pocos días pudieron guarecerse en una de ellas, pues la casa que habitaban se derrumbó totalmente, falleciendo mi abuela Antonia Guerrero de Delgado. La vivienda está aún en pie y originalmente poseía dos dependencias y una pequeña galería que funcionaron como dormitorios, cocina, etc. La galería se utilizó para proteger a los muebles que se salvaron y a veces para dormir. La casa se construyó sobre una especie de plataforma de tierra, rodeada de piedras lajas, que mis parientes levantaron rápidamente, por temor a las inundaciones, las cuales solían transformar a la otrora calle Las Tapias, en un río. Hace poco descubrí maravillado y sorprendido los sellos de identificación de estas chapas, que constituyen de por sí fuentes históricas. Estos sellos si bien se encuentran borrosos dicen más o menos así: ‘Ondalit – 18 Enero 44 – Argentina’. Me llamó la atención que sólo habían pasado tres días y ya estaban dando utilidad, lo que denota la rapidez con que actuaron el gobierno y las instituciones pertinentes. Pasado el tiempo, estas habitaciones continuaron su existencia y si bien leí que eran poco funcionales, una de las virtudes que aún conservan, es que jamás se llovieron. Se las mantuvo enluciendo periódicamente sus rústicas paredes. Mi padre les colocó mosaico y agregó otras habitaciones construidas de grandes adobes, con columnas de hierro y cemento. Esta sería su futura casa, y obviamente la mía. Una de las habitaciones fue mi dormitorio y la otra el comedor. En estas habitaciones o casa, con toda la historia que conlleva, transcurrió mi niñez y parte de mi adolescencia. En el tiempo que estudie en la universidad mi dormitorio se transformó en la habitación de estudios, donde mis amigos del profesorado de Historia aprendíamos del pasado y tomábamos mate. El devenir histórico de estas habitaciones parece que no concluyó nunca, ya que esta pieza de estudio fue bautizada por mis amistades, como ‘Sala Santiago Pampillón’, en honor a aquel dirigente estudiantil que fue asesinado a balazos en Córdoba. Actualmente las observo y se me viene a la memoria un sinnúmero de vivencias adversas y felices, relatadas por familiares y que acogen sus paredes, a la vez que pienso orgulloso en que constituyen un valioso y simple patrimonio arquitectónico, pero que reflejan o resguardan la impronta del hito más infausto de la historia local, razón por la cual me niego a derrumbarlas.