Rusia y China expresaron ayer su seria preocupación por las nuevas amenazas militares norcoreanas y sumaron su voz a las presiones mundiales para que el régimen de Pyongyang retome las negociaciones para cancelar su programa nuclear.

Dimitri Medvedev, y su par chino, Hu Jintao, manifestaron en el Kremlin la necesidad de alcanzar una solución pacífica a la crisis. Reclaman la rápida reanudación de las negociaciones entre las dos Coreas, Estados Unidos, China, Rusia y Japón, interrumpidas abruptamente hace dos meses.

Este giro de Rusia y China es trascendente, luego de que Pekín se mostrara indiferente ante las amenazas y en el pasado usara con Rusia su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para moderar las sanciones contra Corea del Norte, impulsadas por Occidente. Las últimas medidas punitivas, aprobadas la semana pasada por la ONU, confirman este saludable aporte a la paz mundial.

Las recientes provocaciones armamentistas del gobierno del el veterano dictador Kim Jong Il, de quien se dice que está enfermo y a punto de delegar el poder en su hijo menor, que tiene 26 años, incluyeron la revocación unilateral del armisticio que puso fin a la guerra de la península coreana en 1953, lo que dejó a la región al borde de un nuevo conflicto armado.

Esa guerra, en la que murieron, según diferentes estimaciones, entre un millón y tres millones de personas entre 1950 y 1953, no se cerró nunca con un tratado de paz, por lo que las dos Coreas siguen, hoy en día, técnicamente en guerra. El enfrentamiento coreano fue una de las fatales consecuencias del orden establecido después de 1945, a la que la historia no le ha dado tanta importancia como a su predecesora, la II Guerra Mundial, o a su sucesora, la guerra de Vietnam.

No cabe duda que el dictador Kim Jong II está desafiando al presidente norteamericano Barack Obama, que ha prometido una política de mano tendida. Sea porque presume que detrás de esa buena fe puede haber una posición de debilidad, o porque está regateando para obtener mayores beneficios, la dictadura comunista ha dado un paso peligroso. Su actitud es absolutamente inaceptable, especialmente si se tiene en cuenta que los recursos destinados para poner en marcha sus siniestros planes son los que la población norcoreana necesita para no morir de hambre.