Las agresiones contra diputados de la oposición son una muestra clara de que las instituciones democráticas en Venezuela siguen débiles y que este gobierno continuará profundizado el legado del anterior, recurriendo hasta la violencia para mantenerlas bajo su arbitrio y antojo.

Según Cabello, los opositores deben reconocer a Maduro como presidente, aunque denuncien que hubo fraude, de lo contrario no podrán hablar, se les seguirá atemorizando a golpes, se les quitará el salario y no podrán ejercer la presidencia de ninguna de las comisiones parlamentarias. El próximo paso de la escalada, no debería extrañar, será la de no permitirles más la entrada al hemiciclo.

Esta violencia en la Asamblea es solo un síntoma más de la poca democracia que existe en ese país. El reconteo de votos, un acontecimiento que favorece el 70% de los venezolanos, ha comenzado en forma parcializada, ya que la Comisión Nacional Electoral no tuvo en cuenta los criterios de la oposición y, además, antes de iniciarse el proceso, su presidenta indicó que este labor no cambiará en nada el resultado de las elecciones. Es decir, que en el supuesto caso de que se detecte fraude y que el ganador no haya sido Nicolás Maduro, no habrá nuevas elecciones, sino que Venezuela tendrá un gobierno ilegítimo.

Mientras la CNE cumple con la tarea encomendada y según sus criterios políticos, por ser tradicionalmente un ente chavista, el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Diosdado Cabello, sigue comportándose como dictador con aires monárquicos, faltando el respeto a los votantes de su país que han elegido a legisladores para formar una oposición que los representen.

Al irrespeto original, el de haberse sometido a las presiones partidarias por sobre la Constitución nacional que indicaba que él debía que debía asumir como presidente encargado de la república, en lugar de Nicolás Maduro tras la muerte de Hugo Chávez, se suman ahora dos amenazas proferidas contra la oposición y que debieran ser causal de juicio político si realmente funcionan las instituciones.

En su primera descabellada intervención parlamentaria, amenazó a los diputados de la oposición de no darles la palabra si antes no aceptaban las votaciones del 14 de abril y reconocían a Maduro como presidente. Lejos de callar a la oposición con amenazas y golpes de puño que otros oficialistas repartieron por doquier, Cabello volvió el viernes pasado con un golpe más fuerte aún, amenazando a los legisladores opositores que no cobrarán el salario si continúan con su tesitura de no reconocer al nuevo gobierno bolivariano.

Difícilmente puede haber muestra tan clara y transparente de cómo se ejerce el poder en Venezuela. A excepción, claro, de la decisión de la Comisión Nacional Electoral sobre que revisará los votos de una forma superficial desoyendo los pedidos de Henrique Capriles y sus acusaciones en fraude escandaloso.