Domingo F. Sarmiento fue presidente y maestro a la vez, por eso nadie se imagina su gestión presidencial separada del desarrollo de la educación. Incursionó y fomentó distintos aspectos del sistema educativo, entre ellos definió con mayor precisión la escuela secundaria con el objetivo de servir a la ilustración general por lo que fundó nuevos colegios nacionales en Corrientes, Catamarca, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero.
La presidencia de Sarmiento fue el punto de partida de la difusión de la escuela popular. "Para él, este era el camino para dar batalla al caudillismo y crear un centro de civilización: el maestro que en ese ámbito combatiría la incultura y la barbarie; las escuela garantizarían el aprendizaje, el andamiaje democrático y la República” (Mauricio Levdinsky, periodista y ensayista).
Sarmiento nunca escatimó esfuerzos para prestigiar y engrandecer a la escuela. Fue la organización definitiva encontrada por las sociedades modernas para los intereses morales, materiales, industriales y políticos.
No es casual que, cuando analizamos los grandes aportes de Sarmiento a la educación nos encontraremos con la vigencia de la mayoría de ellos. Luchó porque el asalariado pudiera satisfacer a su patrón no quedando al margen de una instrucción elemental: "No se puede retacear la educación a los más pobres”, expresaba, y hoy siglo XXI todavía parece que vivimos la época del empirismo donde no existe el hombre que se enfrente a los hechos universales y le tome el pulso a la época.
Considerando la obra educativa, del libro reemplazó viejos textos e impulsó la publicación de nuevos libros escolares, como el "Silabario Argentino” de José A. Wilde; "El Temple Argentino” de Marcos Sastre y "Álbum Literario para la Juventud” de Toribio Araúz. También hizo adoptar en las escuelas "La Conciencia de un Niño” y "La vida de Jesucristo”, que había publicado en Chile en 1844.
La primera publicación pedagógica que tuvo el país en 1860 fue "Anales de la Educación Común”. El objetivo del prócer fue fomentar una opinión favorable a la acción educacional y colocar a Buenos Aires a la cabeza de América del Sur.
Respecto de la educación femenina, la huérfanas del hospicio fueron una de las principales preocupaciones de Sarmiento y durante su presidencia mantuvo un conflicto con las damas de la Sociedad de Beneficencia: el punto de discordia era cómo debía educarse a esas niñas. Él estaba convencido de que debía incorporárselas a la enseñanza común, buscando "crear madres que fueran directoras de la educación de sus hijos”. Las damas contestaron que "nadie mejor que nosotras para educar a esas pobres huérfanas”. Sarmiento insistió: "El mal está en que los eduquen ustedes, que no sabrán hacer de ellas sino señoritas con muchas artes de ornato y para ganarse la vida, nada”. "Les inculcamos moral y religión”, replicaron las damas. "Ahí está el error. La moral nace del trabajo, no se produce con rezos, sino con la educación y la aptitud para el trabajo. Van ustedes a crear sabandijas devotas”. Las demás dijeron: Vamos a hacer de ellas excelentes compañeras para la familia. "Hagan maestras de escuela -propuso Sarmiento-, el medio de educar a los pueblos bien y barato es hacerlo a través de la mujer”. Así siguieron hasta que una dama, fastidiada, exclamó: "Cosas de Sarmiento”, y allí terminó la reunión.
La educación de la mujer es de fundamental importancia para la sociedad, creo que todos al unísono apoyamos esta moción y en éste, nuestro querido San Juan, hubo un sacerdote salesiano, el presbítero Juan Luis Fanzolato que pensó así y lo llevó a la acción a través de su obra, el Instituto Superior Laboral Argentino, del que fue presidente y como tal fundó la Escuela Experimental Femenina, hoy Colegio Santa María, de donde egresaron, durante 41 años de vida, 38 promociones. Este sacerdote compartió con Sarmiento lo importante que es la educación de las jóvenes y siempre repetía: "educar una mujer es educar una familia”.
Aún cuando los obstáculos no son pocos y los desafíos no menores, el primer paso para lograrlos es insertar la educación como una política pública, una política de Estado donde los esfuerzo particulares sean un compromiso que incida en la construcción del capital cultural de los jóvenes.
