Como somos "vivos" pisamos las cabezas que se nos interpongan. Sin miramientos ni contemplaciones. Por lo mismo, hemos desorganizado nuestra burocracia de tal modo que es enorme en tamaño y también en ineptitud para servirnos. En ella se ingresa por acomodo, recomendación, parentesco o amiguismo. Nunca por concurso de antecedentes, mérito y experiencia.
La "viveza" es el origen para que gastemos igual o más per capita que los países avanzados en justicia, salud y ayuda social y sin embargo padezcamos en los tres planos básicos para la vida colectiva.
El expedienteo judicial es literalmente morboso. Pareciera que media un regocijo entre espurio y mordaz para exigir siempre un papel más y paralelamente postergar la ansiada justicia impetrada. Así, la protesta callejera suplanta al desvaído tribunal.
Después de la lluvia hay menos hongos que las obras sociales y prepagas que pululan por doquier. No obstante, el auxilio a la salud y sobre todo a la prevención de la enfermedad siguen aguardando como hace un siglo. Se multiplican los planes asistenciales, pero la evidencia patentiza que se orientan, no a mitigar la indigencia y solucionar la pobreza, sino a engrosar al clientelismo político. Es un festín de subsidios y de dilapidación de recursos. Para tornar aún más sombrío el panorama, ese clientelismo se va deslizando hacia el rol de fuerza de choque en lo que ya es un remedo del sistema soviético.
La política es la prueba por antonomasia de nuestra "viveza". Desde que se fue pergeñando la idea de que la polis necesita servidores que piensen en el bien común, arduamente se fue elaborando la política como herramienta. Destinada nada menos que a tributar al interés general mediante el arte de combinar los intereses sectoriales e individuales y así ir transformando, para mejor, a la realidad. Por esencia, la política resuelve conflictos. Acá los multiplica. Hoy la "viveza" la ha relegado a un negocio personal o grupal. Se habla sin embozo de "compra" de votos en el Poder Legislativo de tal forma que el mercado de pases del submundo del fútbol parece un pelotero de infantes confrontado con el transfuguismo de la política.
Somos tan "vivos" que vivimos al día. Sin planes, que son para los "giles". Nos parecemos como sociedad a esos adolescentes que creen en la eternidad de la vida, de la salud y del placer. Y por eso practican el día a día como método. Afortunadamente, esa fiebre los altera durante un lapso. Nuestra nación, parece adolescente perenne. Sólo así un ministro puede decir a sus colaboradores: "No me pidan que planifique; mi día a día es complicado; la gestión cotidiana me lleva puesto; no puedo planear nada".
Adolecemos de cultura del trabajo y de civilización política, para abordar dos aspectos principales. Pues, ¿qué hacemos, nosotros los "vivos"? Incrementamos la dádiva asistencial sin una pizca de contraprestación laboral, bastardeamos al cooperativismo estimulando cooperativas "truchas" encabalgadas en los aparatos municipales y desplegamos al circo moderno, el fútbol, "para todos". Sí, "vivos", pero no astutos.
Si fuéramos astutos obraríamos con más inteligencia para extraer provechos de nuestras ventajas y oportunidades. Tenemos el octavo territorio del orbe, con clima benigno -salvo esta época de "plagas" provocadas por la "viveza" de destratar a la madre tierra- y con escasa población, sin mayores divisiones por religión o etnias. ¿Qué hacemos? Exacerbamos la cuestión racial -"negros pobres" y "blancos ricos", no dicho en una mesa del bar, sino en atriles encumbrados-, incentivamos "orgullos" del sexo tercerista y fogoneamos los resentimientos sociales. Reinventamos mitos y fetiches. Nuestra "viveza" levanta un altar a las viejas y enmohecidas ideas. Practicamos el populismo, alejados de lo popular. Vamos para atrás en nombre del progreso. Paradoja nada simpática. Antesala de tragedias a contrapelo de un comportamiento sagaz.
Somos "vivos" y por eso dividimos. Execramos a la clase media agitando casi sin disimulo ese sambenito de que es mediocre. Contribuimos con el clientelismo para que algunos enrostren a los pobres -que siguen como entonces- su presunta vagancia. Los difamamos a ambos en vez de aprovechar sus energías para el bien común.
Por "vivos" subsistimos resignados y decadentes, sin proyecto nacional, embargados por el pesimismo.
Con astucia haríamos un gran país, trabajador, productivo, federal, armónico, con un Estado funcional y con horizonte. Con "viveza" lo estamos deshaciendo. Así de sencilla es la ecuación. Y así de dramática y crucial.
