La vida no se define en el parlamento interesado de los gobiernos de turno, gravísimo error de la perspectiva humana. La vida tiene definición propia en sí mismo, viene a la creación impuesta e inherente a ella, y se resuelve su dimensión -en todo caso-, en el exquisito espacio del ágora desprendido de toda intencionalidad aviesa o desmedida. Es parte ineludible del equilibrio y se le admite, no tolera objeción. La vida no es accidente porque es esencia y sólo con ella adviene todo lo demás.
Se concluye que nada, absolutamente nada, hay que posea mayor valoración que la vida humana, en cualquiera de sus formas -incluso-, más allá de cómo fue concebido el ser porque nada supera la dicha, la maravilla ni el goce extraordinario de conocer la existencia. De ahí, el egoísmo más cruel y la mezquindad más ruin van de la mano de cualquier intento de impedirle a otro el derecho a nacer.
Nadie es dueño del concebido. Él es del mundo y su diferencia es que se aloja en una pancita cuya propietaria adquiere fundamentalmente deberes porque el que viene se ha colmado de derechos. La idónea manera de medir a la persona es por la condición y posibilidad segura y garantizada de ser. Posibilidad concreta, no ficticia ni quimera. Este axioma de certidumbre natural gravita sin contrastes y no admite excusas cuando aseveramos que "el hombre es mucho más futuro que presente o pasado porque su verdadera dimensión se mide en la incógnita de lo que será en ese devenir, según su pertenencia legítima que le da derechos que no menoscaba ni siquiera la ley temporal del parlamento, menos aún, la uniteralidad de fallos, decretos o resoluciones”.
La vida del concebido merece la máxima y extrema consideración del juicio severo de los hombres que en su condición prematura sólo tiene derechos inalienables y no deberes. Los deberes los tiene la propietaria de esa pancita inmaculada por lo que ella cobija en su seno, condición que no la inhibe las formas pretéritas de la concepción. La sociedad toda, en unívoca referencia, vela por su intermedio, del indefenso que ya es. A partir de la concepción, esa propietaria debe cuidar mejor su propio cuerpo por ese bien único que ya es parte de ese todo que en la lógica de la existencia no puede menos que inscribirle como el fundamento de ese todo inobjetable porque no debe enrolarse en la absurdidad contraventora de la negación.
La vida no es accidente sino esencia, fundamentos que la sociedad descuida en su propia degradación, la pretendida intención de impedir el alumbramiento al concebido, colocando al ser humano en un pedestal omnipotente que se opone al único y excepcional principio incólume de la realidad humana, por su ingerencia y competencia de una potestad que no es dable a ninguno de los pares. Introducirse en ese esquema puede fatalmente terminar siendo causal de su propio exterminio.
En circunstancias donde el disvalor cachetea la filosofía y las creencias y el desatino se aferra a la preferencia de la endeblez del mediático status, debe resurgir el elevado pensamiento humano para persuadir con la eminencia que otorga la palabra. Sólo el conocimiento que endulza el ágora se puede detener la aspiración de una directriz con ánimo de ser Providencia, que no se concibe en su pertenencia humana por las carencias de una sociedad que pinta negro el trascendente sentido y orientación de la vida. Matar por nada nunca ha sido bueno y en la incomparable vida, es un acto de violencia sin parangón que siempre generará desgracia a la familia humana.
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