Mucho se ha dicho y escrito sobre el derecho a la vida, sobre el derecho de la madre o sobre el hecho de no abortar y proteger por ende la vida del concebido, o en su caso, llegar hasta interrumpir el desarrollo de esa vida. Sin embargo, poco se ha pensado en llegar a encontrar los fundamentos mismos de la existencia.

Desde los inicios de la vida humana el hombre ha tomado decisiones que ha privilegiado o ha terminado con ella. La historia da cuenta de los hechos más aberrantes que éste cometió una y otra vez y en franca oposición, la ciencia tiene una lucha sin fin para prolongarla.

¿Existe algo superior y fundante para la vida? ¿Cuál es el motivo que justifica la existencia del hombre? La respuesta es "una íntima relación”; pero ¿cuál relación? La relación más íntima que justamente la vida misma puede contener, la relación que es la base de todo contacto y comunicación entre los hombres, una verdadera y única relación humana, la más íntima relación entre la madre y su hijo recién concebido.

Actualmente el hombre se desvela por vivir plenamente y en contradicción absoluta decide innumerables veces quien debe vivir. ¿Pero es que acaso existe alguien que estando al lado de ese ser y asegurando su misma existencia, pueda comprenderla? Sólo la más íntima relación está fundada en el amor y no en cualquier otro. ¿Cuánto hace el hombre para proteger la vida, su entorno y el medio natural?; pues, ninguna acción que realice éste es suficiente. Quizás su interés es superior a la vida y no advierte que por ella llegó a existir.

¿Debería entonces el hombre arremeter contra los vientos y mares, contra montañas y valles y contra todo aquello que se pone ante sus pasos? Es que este no da cuenta alguna de su propia conciencia, de un llamado interior o de sus pensamientos, siendo que en sí se encuentra el germen de una íntima relación, esa relación que ni siquiera bajo ningún punto de vista una madre, un médico o un legislador pudo observar y que sí, ha olvidado.

Todas las madres del mundo y futuras mamás hoy se levantan en franca oposición contra cualquiera que intente vulnerar a ese hijo concebido por nacer. Esto es motivo del más alto orgullo por entregar o dar una vida, pues no sólo en su íntima relación está reservada a Dios sino que también está en custodia y protección de los hombres. Por ello, toda mujer, toda adolescente, toda niña, pero fundamentalmente toda persona debe reconocer que sin un hijo la vida no existe y que sin una íntima relación no tiene sentido.

Póngase el hombre al lado de la mujer, o como Dios dijo o como el hombre quiera, pero no piense jamás en destruir una íntima relación.

Nuestra Cámara de Diputados ya hace casi dos años tiene el proyecto de Ley de "Protección a la vida del concebido” con el despacho favorable de dos comisiones. Falta tan sólo una, esa sola que justifique que el hombre de hoy es capaz de no sólo proteger la vida sino además comprender el significado de "una íntima relación” tan esperada por una madre y un hijo. Por lo tanto de no expedirse la tercera comisión todo caerá en abandono y se perderá lo alcanzado. Señores diputados definan finalmente a favor de la vida nuestra comunidad así lo quiere, nuestro San Juan así lo demanda.