El trabajo desempeñado por las mujeres ha tenido una importancia vital desde la prehistoria, aunque su contribución a la economía ha variado según la estructura, las necesidades, las costumbres y los valores sociales. En la prehistoria, las mujeres y los hombres participaban en partes iguales de la caza y en la búsqueda de alimentos. Cuando se desarrollaron las comunidades agrícolas, y por lo tanto el surgimiento de los asentamientos humanos, el trabajo de la mujer quedó relegado a las tareas del hogar. Preparaban los alimentos, confeccionaban la ropa y diversos utensilios, se ocupaban de la crianza de los niños, pero también ayudaban a arar la tierra, recoger las cosechas y atender a los animales. A medida que se fueron desarrollando los centros urbanos, las mujeres vendían o intercambiaban bienes en los mercados.
Desde la antigüedad hasta la era moderna, se pueden establecer cuatro rasgos más o menos constantes acerca del trabajo remunerado de las mujeres: Las mujeres han trabajado por necesidad económica; las mujeres de menor nivel económico trabajaban fuera de casa, ya sea que estuvieran casadas o solteras, sobre todo si el sueldo de sus maridos no permitía mantener a toda la familia. El trabajo remunerado de las mujeres ha sido análogo a sus labores en el hogar. Aún trabajando, las mujeres han seguido responsabilizándose de la crianza de los hijos y desde el punto de vista histórico, la remuneración percibida por las mujeres ha sido inferior a la de los hombres, y han desempeñado tareas que recibían menor reconocimiento material y social.
En la Edad Media, las campesinas trabajaban en la explotación rural familiar. Sus ocupaciones se repartían entre el trabajo agrícola y las tareas domesticas. En el campo, salvo con el arado, trabajaban a la par del hombre principalmente en las épocas de la siembra y cosecha. En el hogar, las mujeres eran las encargadas de la preparación de los alimentos; buscaban el agua, cocinaban el pan, salaban la carne y elaboraban cerveza. Estaban a su cuidado los niños y los inválidos, la salud familiar, la atención de los enfermos y los partos.
Para completar los ingresos, se empleaban en fincas señoriales y, en ocasiones, trabajaban en el servicio domestico.
A partir del siglo XV, las mujeres de las clases populares combinaban el trabajo manufacturero a domicilio con las obligaciones domésticas. Paulatinamente la mujer se apartó de los oficios y de la educación profesional. Se extendió la idea de que el lugar para las mujeres estaba dentro de su hogar. En el caso de las familias burguesas, el hombre se ocupó cada vez más de conseguir el sustento de la familia, mientras la mujer se ocupaba de las tareas domésticas.
El único trabajo valorado para las mujeres de las clases media y alta era el cuidado del marido y de los hijos. Esto respondía a los ideales femeninos burgueses.
A finales del siglo XVIII, la Revolución Industrial abrió sus talleres textiles al trabajo de las mujeres. A partir del siglo XX, las mujeres comienzan a recuperan el espacio público como enfermeras, oficinistas o empleadas de comercio. La máquina de escribir y el teléfono fueron hitos en la incorporación de las mujeres al trabajo. Para poder ejercer profesiones liberales y para acceder a la universidad, las mujeres tuvieron que derribar muchas barreras.
Cambiaron los valores, las modas, la apariencia física y se crearon las primeras guarderías para los hijos de las trabajadoras. Junto con los varones, las mujeres lucharon por sus reivindicaciones laborales, civiles y sindicales. Después de la Segunda Guerra Mundial, la tecnología introducida en los hogares también ayudó a la incorporación generalizada de la mujer en el trabajo.
El rol que desempeñó la mujer en la Argentina abarcó distintas áreas del quehacer social, político y cultural. La figura de Eva Duarte de Perón cumplió un papel importante en estos cambios y fue sustancial la sanción, el 9 de septiembre de 1947, de la ley del voto femenino que posibilitó la participación política de la mujer. Otras, como Alicia Moreau de Justo, Elvira Dellepiane de Rawson y Gabriela Coni le habían precedido en la lucha por las reivindicaciones femeninas.
En el terreno político, los cambios fueron lentos. María Rosa Calviño fue la primera senadora argentina. Otras militantes de la primera hora fueron Nélida Vaigorria y Marisa Liceaga. El presidente Arturo Frondizi nombró a la primera diplomática argentina como embajadora en Panamá. Esta evolución no se mantuvo constante, ya que la presencia femenina después del impulso peronista descendió.
A partir de 1958, se observa un mayor ingreso femenino la educación superior, orientadas masivamente a las Ciencias Médicas y a las Ciencias Sociales. En cuanto a la participación económica fue en ascenso y paulatinamente, el papel de la mujer pasó de ser ama de casa a ser un miembro activo de la sociedad moderna hasta ocupar la primera magistratura de una Nación.
