En el mundo de la empresa suele encontrarse con frecuencia figuras de relieve en el área de los negocios económicos, que no siempre son testimonios de vida ejemplar. En cambio otros, además de ser geniales en el campo de las ideas, brillan por ser genios inconformistas que no se consideran derrotados frente a las adversidades de la vida. Es el caso de Steve Jobs, ícono de la industria tecnológica y cofundador de Apple. Acaba de renunciar a la presidencia ejecutiva de la empresa, pero queriendo seguir como un simple empleado más.

Nació en febrero de 1954 en el centro de California de una madre estadounidense y un padre sirio, quien lo dio en adopción a una semana de su nacimiento. Jobs fue criado en un hogar obrero cuando el cercano Silicon Valley comenzaba a convertirse en un centro tecnológico y consiguió su primer trabajo a los 12 años tras llamar al fundador de Hewlett-Packard, Bill Hewlett. Había logrado saltear un año del colegio gracias a su alto cociente intelectual. Después de cursar sólo un semestre, abandonó la universidad y comenzó a trabajar hasta que tuvo suficiente dinero como para realizar un viaje espiritual por India. En 1976, con su colega y amigo Steve Wozniak lanzó una compañía para vender la computadora personal que éste había diseñado. Vendió rápidamente 50 equipos a una empresa local, con lo que comenzó la travesía de la exitosa Apple.

Tras sobrevivir a un cáncer de páncreas en 2004 y a un transplante de hígado en 2009, mantiene su tenacidad, espíritu quijotesco, intolerancia a la incompetencia y su famoso carisma. En la Universidad de Stanford en 2005, pronunció estas palabras que parecen resumir su manera de ver la vida y ejemplo a imitar: "A veces la vida te pega en la cabeza con un ladrillo. No pierdan la fe. Tienen que encontrar qué es lo que aman. Así sigan buscando hasta que lo hallen. No se conformen”.