La carta de Benedicto XVI dirigida ayer a los obispos católicos del mundo debería ser asumida como el gesto de un hombre para quien las personas no pueden ser consideradas por debajo de las instituciones.

El Papa clarifica frente a las polémicas surgidas al levantarse la excomunión a los cuatro obispos ordenados, válida pero ilegítimamente, por Marcel Lefebvre. Recuerda la "avalancha de protestas" y la acusación dirigida a él de querer volver a épocas anteriores al Concilio Vaticano II. La invitación a la reconciliación con un grupo que se había separado de la Iglesia fue vista por ciertos medios como nuevas fracturas entre cristianos y judíos, lo que él mismo reconoce como un desacierto al no haberse explicado el alcance y la limitación del levantamiento de la excomunión.

Joseph Ratzinger muestra el dolor que esta instrumentalización le ha provocado, dado que el diálogo con los hebreos fue siempre un objetivo de su trabajo teológico. Las declaraciones del obispo Williamson circulaban por Internet antes de publicarse la revocación de la excomunión, por eso es que con un admirable gesto de humildad, el Papa explica que en el futuro la Santa Sede deberá prestar más atención a esta fuente de noticias.

Benedicto XVI en la parte más conmovedora de su carta responde luego a la pregunta crítica: si la remisión de la excomunión era una prioridad. Y él mismo responde afirmando que su deber como pastor universal es el de hacer siempre presente a un Dios que está desapareciendo del horizonte de los hombres, y que la reconciliación debe ser una prioridad para la Iglesia católica. El pontífice no es indiferente ante la comunidad lefebvrista que cuenta con 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles. Si bien de parte de los lefebvristas hubo pronunciamientos fuera de tono, soberbia y obcecación sobre unilateralismos, el Papa también admite que estas actitudes se han dado en el ámbito eclesial.

Resulta significativo que esta carta haya sido dirigida a los obispos de la Iglesia Católica, quienes son los que deben sobresalir por el respeto a las personas, la promoción de la tolerancia y la reconciliación para que, como afirma Benedicto XVI, en una "gran y amplia Iglesia común" se superen posiciones unilaterales, se ablanden rigideces, y se apresuren a salir fuera de las estrecheces que ponen en duda la credibilidad de la predicación sobre Dios.