Un repentino sofocón fue el que tuvo que sufrir José Luis Gioja con su invitada de honor para la Fiesta del Sol. Recién bajada del avión, Susana se quejó por la inseguridad a escala nacional, giró la cabeza y le preguntó:
– Acá no es así, ¿no gobernador?
Y el gobernador debió apelar a sus mejores dotes de espadachín en el discurso político. Si corregía a la diva y decía que sí lo era, no hubiese sido correcto. Si hubiese dicho que no, tampoco.
– En menor escala, resolvió entonces el sanjuanino, con ganas de sacarle el cuerpo a un tema que comenzó a devorarse el tanque de reserva del gobierno a fuerza del panorama teñido de sangre que se vive, sobre todo, en Buenos Aires.
No fue hasta que le tocó a una de las personalidades más importantes del país -Susana, con la muerte de su florista- que el asunto se trepó a la marquesina de los grandes titulares. Faltaba esa gota, que se interesara aunque sea por un episodio personal una personalidad de peso pesado, para que el tema de mayor interés para la sensibilidad pública ganara el lugar que se merece.
Como se hace con las recetas de cocina, habrá que retirar y reservar la desafortunada apreciación de Susana sobre la pena de muerte. Quitándola, hay un gran valor en su estilete: qué mejor que una palabra de alguien con tanta penetración en la opinión pública para dar el primer paso, indispensable, de asumir que hay un problema para luego buscarle solución, como lo recomendaría cualquier psicólogo en un diván.
Esta semana salió Tinelli, el otro gran abanderado del consumo nacional y popular. Tiene Tinelli en su carrera empresarial una gran puntería en acertarle al punto exacto de la demanda del argentino medio, de allí su éxito. Y en esta desacostumbrada argumentación socio-política, volvió a dar en el blanco. Se preguntó, como se pregunta cualquiera, qué me importa si a Cobos le pusieron los Granaderos cuando uno no puede salir de su casa por miedo de que lo maten.
Lo que reclamó Tinelli fue más pulso a la conducción política, tanto a quienes manejan los hilos de la administración pública como de quienes se postulan para hacerlo. Se entiende que el problema es de difícil abordaje, que no se trata de una cuestión lineal o simplista ni interviene un sólo factor. Pero peor que eso es quedarse discutiendo sin hacer nada.
Atrás de la contundente manifestación del conductor hay una sensación que no sólo está atravesando la porción de ciudadanos de mayor ingreso, sino también quien vive en cualquier barrio de clase media: los excesivos cuidados para trámites que años atrás eran cuestión de rutina. "Te matan por el pancho y la coca", dijo, en una manera metafórica de quejarse por la excesiva furia de la delincuencia, casi siempre fogoneada por el consumo de drogas. Bajo esos efectos, la vida vale menos todavía.
Ahora, la pregunta es cómo se sale. Y lo más apropiado es conjugar los diagnósticos y atacar el problema desde todos los flancos. No es la inseguridad un tema exclusivamente policial, pero una fuerza más profesional, mejor paga y menos corrupta sería una gran contribución. No es la inseguridad un problema exclusivamente de falta de leyes apropiadas, pero hay muchas que hay que revisar. No es la inseguridad un problema de jueces, pero queda claro que la acumulación de expedientes por montañas no es una buena señal. No es la inseguridad un problema exclusivo de la inversión pública, pero la calidad de las cárceles las convierten en aguantaderos. No es la inseguridad un tema exclusivo de la marginalidad, pero la decadencia de la educación pública es una moneda cotidiana en la alcancía donde se fraguan las usinas de la delincuencia, junto al buen motivo que encuentran en la pobreza y la miseria, y en la ruptura de la primera contención que es la familia.
Todo el panorama se presenta en medio de un tiempo desolador. Las redes del narcotráfico parecen ya no haber dejado sitio virgen, la violencia se instala en las escuelas con pibes que llegan armados u otros -como ocurrió esta semana en Alemania- que emprenden masacres a los tiros, y las costumbres cotidianas han cambiado de cabo a rabo: del picadito de fútbol a los juegos en red de voltear muñecos a balazos.
De allí que la pérdida de sentido por el valor de la vida humana aparezca como una consecuencia lógica. Y que la mirada individual reclame un ejercicio introspectivo antes que acusatorio: qué hacemos cada uno de nosotros para evitar ese avance.
Pero la forma en que la sociedad aborda el asunto parece haber caído en la trampa de los facilismos. Como el de ensayar furiosas recetas sobre mano dura o mano blanda, un debate aislado de contexto y de resultados. Ni en la cúspide de la mano dura, los estados norteamericanos que contemplan la pena de muerte, pueden mostrarlo como un factor de disuación para futuros delincuentes. Es decir que aún existiendo la pena capital no redunda en una baja de la tasa criminal, y por lo tanto se convierte en una revancha.
La dirigencia política prefirió entrar al debate tirando la pelota al campo rival. El gobierno acusando a los jueces de no aplicar la ley y los jueces acusando al gobierno por la falta de recursos. La novela terminó en un acuerdo entre Lorenzetti y Massa -en representación de la Corte y el gobierno- por un aporte para nuevos juzgados de lo que nadie se acordará la semana que viene. Una gambeta y a otra cosa.
La oposición apuntando al oficialismo, como ocurre siempre: por la ineficiencia policial o las asperezas políticas que impiden la creación de una fuerza propia en Capital Federal. Y el gobierno devolviendo el guante sobre el pellejo de Felipe Solá, al que acusa de hablar sin complejos del asunto luego de haber transcurrido 6 años al frente nada menos que de Buenos Aires. Y cuando las oposiciones se transforman en gobierno todo sigue igual: De Narváez sacó un millón de votos a caballo de la inseguridad y Scioli ganó declarando la guerra a eso que sigue asolando las calles.
Como dijo Gioja aquel mediodía con Susana, nada demasiado distinto ocurre en San Juan: varía la escala y la intensidad entre el registro nacional y el provincial, pero el núcleo del problema sigue siendo parecido.
Hay una escala de tonalidades en los delitos, respecto de los cuales San Juan muestra distintas situaciones. Los crímenes que se producen están más relacionados con ajustes de cuentas que a delirios de los delincuentes. Los últimos casos de este estilo fueron los dos que se produjeron bien seguidos en comercios de Rawson, y el que sufrió un remisero a mediados del año pasado.
En cambio, la escalada más preocupante se registra en cierta tendencia a entrar a las casas aún si están ocupadas por sus dueños, lo que produce situaciones extremadamente violentas y críticas. Y no se le encuentra la vuelta a las salideras bancarias, donde florecen los ataques especialmente hacia los más débiles.
El combate local a estos puntos parece con aspirinas, atendiendo cuando aparecen los dolores y soslayándolos cuando quedan en estado latente. Y lo que parece escucharse desde los personajes que agitan desde la farándula o de la marcha de esta semana es un reclamo para que se asuma con seriedad.
Que no es ni eso, ni subir mapitas a Internet para que la gente ponga un punto en el mapa con su propio hecho de inseguridad, como hizo De Narváez en Buenos Aires o en San Juan el grupo 1852.
