Son las cuatro de la madrugada. Una anciana, noble pañuelo a la cabeza, menudita, despaciosa, recorre a pie el largo trayecto que va desde una humilde casa del barrio de Trinidad hasta la esquina de 25 de Mayo y Jujuy. Allí se instala mirando al Norte. Coloca en una mesita de hierro sus pocos ejemplares del DIARIO DE CUYO; se rodea del calor y la cordialidad de unos perritos del lugar y espera que los diarios vayan saliendo hasta los hogares que aún duermen.

Muchos la han visto en ese trayecto y esa actitud, al volver de alguna fiesta. Ella no ve más que su virtud de ganarse la vida con dignidad, y estoy seguro que lo hace con alegría; es lo que se le desliza como luz frutal que cae a pique hacia la noche madura, desde su semblante impresionantemente manso, esa noche que es muchas veces tan solitaria como su gesta y en invierno tan inclemente con sus látigos de julio.

Hace unos días, un amigo me comentó esa estampa. Entonces una mañana pasé por allí. Le quedaban unos dos diarios en la mesita. No me animé a preguntarle su nombre (¿quién soy yo para averiguar sobre su persona?; sólo me siento autorizado a estas simples líneas para homenajearla).

La calle (y la noche sobre todo) están llenas de acechanzas, pero con ellas conviven muchas dignidades, modelos de vida en la integridad, rosario de principios y valores recogidos de lo mejor del corazón, con los cuales es posible pelear a la adversidad y los infortunios. El trabajo es lo único que dignifica al hombre en su lucha por el sustento, cualquiera sea; el esfuerzo siempre premia, por más que la recompensa no cubra las básicas carencias materiales, porque de este modo uno se siente hacedor de su pan, constructor -aunque humilde, muchas veces- de su propio destino.

¡Vaya a saber cuántos diarios vende esta señora! Parece ser que pocos. Pero cada moneda que recibe seguramente vale más que un palacio obtenido con engaños, esquives y fraudes a la ética y la dignidad. Tanto esfuerzo, tanta pelea a la vida dada con nobleza, tiene el sabor y el color de las cosas sanas. Puede ser más bello el canto que el jilguero nos regala desde la humillación de la prisión, que un himno a la libertad amasado en imposturas.

Todo buen gesto, toda obra noble, tienen un valor intrínseco, aunque no contengan significación económica o no parezcan oportunos. Como nos decía Martin Luther King; "Aún si hoy supiera que el mundo se acaba mañana, igual plantaría un árbol”… Esos alumbramientos en la adversidad, esa compulsión por continuar a pesar de las dificultades, esa vocación por la vida en luz, aún en últimos minutos o desde la dura trinchera de la lucha por la vida.