El camino de la santidad lo encontramos en el obrar cotidiano: ser servicial, tratar bien, son algunas de las actitudes con las que se debe proceder.

Cada 1 de noviembre celebramos la fiesta de todos los santos. Así lo propone el calendario litúrgico de la Iglesia. Es una festividad fija. Es conveniente recordar que la reforma llevada a cabo por el Concilio Vaticano II (1962-1965) puso en el centro del año litúrgico el misterio de Cristo (adviento-navidad cuaresma-pascua) reacomodando el antiguo calendario hasta entonces apoyado en la vida de los santos. Esta fiesta cristiana tiene su origen en el siglo IV, durante la persecución de los cristianos por parte del emperador Diocleciano, ya que al causarse muchas muertes, se hacía imposible celebrar una rememoración en nombre de cada uno de ellos, por lo que se decidió establecer un día. El 13 de mayo del año 610 el papa Bonifacio IV instauró esta fecha para homenajear a los mártires. Posteriormente ya en el siglo VI el papa Gregorio IV trasladó la fiesta al 1 de noviembre del 835 en tiempos de Luis el Piadoso. Muy probablemente para contrarrestar la celebración pagana de "Samhain" o "Año Nuevo Celta", actualmente conocido como Halloween o Noche de Brujas, que se celebra el día anterior. La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los mártires grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo y la de San Sebastián, todas ubicadas en Roma. Si bien hasta el siglo X el obispo local era quien determinaba la autenticidad del santo y de su culto público, luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para poder llevar a cabo el debido proceso de canonización.

El papa Francisco en abril del 2018 propone al mundo la Exhortación Apostólica "Gaudate et exúltate", y hace un llamado a la santidad en el mundo contemporáneo con todos los desafíos que hoy tenemos, invita a promover el deseo de la santidad en lo cotidiano, encarnada en el contexto actual, con sus riegos, desafíos y oportunidades en los distintos ambientes y contextos. A través de 5 capítulos, Francisco nos recuerda que el Señor nos eligió "para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor" (Ef 1,4). ¿Cómo lograrlo? a través del camino de las bienaventuranzas.

El camino de la santidad tiene que ver con una elección muy íntima y personal. El que quiere ser santo tiene todo a su alcance. Se trata de una puesta en camino poniendo como centro a Jesús viviendo en la gracia de Dios y ordenando nuestra vida en función de Él. De este modo, cada decisión y acción de vida es una nueva oportunidad para vivir en Cristo y edificar a los hermanos. Muchos se confunden pensando que orar y conocer intelectualmente las cosas de Dios es sinónimo de santidad. O también pertenecer a grupos o ir las Iglesias creyendo la vivencia de una vida santa. Pero en realidad el calibre de la santidad lo encontramos en el obrar cotidiano: ser servicial, vivir en la verdad, interesarme por alguien que sufre, no creerme mejor, tratar bien, no corromperse, tener rectitud de corazón y una serie de actitudes de vida que brotan como consecuencia del encuentro con Cristo.

 

Por el P. Fabricio Pons
Párroco de Santa Bárbara