El cuaderno de tapas duras siempre aparece entre otros papeles, cuando se produce algún movimiento que demanda cambiar el orden de esa historia apilada en el placard. La punta de una vieja carta perfumada ha quedado espiando entre las últimas hojas, porque es levemente más ancha que ellas. De vez en cuando la saco a ver la luz del presente y le creo aspirar su antiguo perfume que una chica más audaz que yo le había dejado caer como mensaje inequívoco. Sé que la fragancia ya no esta allí, pero luce indeleble en mi memoria.
No imaginaba encontrar entre las primeras hojas del cuaderno la sedienta rosa roja aplastada, ensueño de adolescencia convertido en jilguero de papel, fotografía carmín de noches en vela, potrerito de cardenales casi muertos, pisadas de luna morada. Calculo que cayó a depositar sus huesos frágiles en ese rincón de mis mocedades cuando el país volvía de la pesadilla de golpes de estado que no dejaban gobernar a presidentes probos; cuando un militar con ancho bigote se creyó un enviado celestial; cuando el tango retomaba otra posta triunfal con las voces de Argentino Ledesma y Rodolfo Lesica; D’Arienzo nos seguía besando el alma con su compás rioplatense y las voces enormes de Armando Laborde y Alberto Echagüe, y dos sanjuaninos célebres, Jorge Durán y Alberto Podestá, nos honraban como nunca en el candelero del arte nacional.
Ahora recuerdo haberme tuteado con la seca rosa en otras oportunidades, para reencontrar mis días: la sombra de Perón volvía en huesos y discursos que tiñeron la historia, a desafiar las presiones militares. Ezeiza lo esperaba en juventudes de esperanza, armas y desencuentros intestinos que hasta hoy nos marcan.
En la página posterior al sitio de la rosa, coloqué algunas frases esperanzadas. La democracia había vuelto, luego de jornadas de fuego y muerte. Las frases que entonces se dijeron con convicción, están. Mis esperanzas me siguen acompañando. Raúl Alfonsín llegaba al gobierno con pañuelos rojos y blancos. El país estaba exhausto de batallas y autoritarismo, por eso fue faro de la democracia, a pesar de los traspiés y las zancadillas. En mi casa se juntaba una juventud de esperanzas tras la figura de otro gobernante probo, don Oscar Alende. Creo que nos sentimos hojas frescas que creímos en la luz como modo digno de enterrar recurrentes manchas del pasado. Pero Argentina siguió su derrotero de sueños y capitulaciones. Otro presidente se fue derrotado por la condena mayoritaria de la gente.
Sigo acá, jamás vencido por la indiferencia. No me rindo de ningún modo. Todo está casi igual, pero eso nos indica que debe cambiar para bien. Ya son demasiados obstáculos. Mientras, como si nada la hubiera tocado, la roja rosa enclaustrada en un cuaderno de tapas duras, sigue siendo recóndito testigo de mis mieles y dolores.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
