En la cumbre del G-20, en 2009, se afirmó que los refugios impositivos de los paraísos fiscales estaban en la mira de los líderes mundiales, quienes pretendían regular la banca en las sombras, pero nada ha cambiado. Los "tax haven”, puertos o refugios, más que paraísos fiscales, nacieron como lugar de reparo de piratas y escondite de sus botines.

Este origen poco claro ha operado como falta de moral sobre la crítica basada en la ética de los negocios, y la transparencia de las finanzas ha retornado en cada crisis del capitalismo, en particular, luego del esplendor que estos territorios alcanzaron en estas últimas dos décadas, como promotores de beneficios fiscales para las inversiones globales, y receptores de bancos fantasmas y sociedades pantalla.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, con su política de acuerdos fiscales globales, y el GAFI, contra el delito financiero, son los portavoces de esta reserva moral: el oprobio se manifestó a través de listas negras, evaluaciones e informes. Pero esta retórica ha sido siempre ambigua y, en general, inoperante. El lazo entre las plazas off shore, la evasión, el lavado de dinero y, más tarde, la financiación del terrorismo, encubre o disimula la compleja lógica del capitalismo transnacional y, en particular, su núcleo operativo. La maximización de los beneficios financieros requirió siempre de un sistema económico parcialmente opaco. Lo atestigua el hecho de que los paraísos más importantes sean controlados desde Wall Street o Londres, y también que los principales bancos del mundo hayan instalado allí un supermercado financiero y que muchos conglomerados económicos de los países centrales realicen las operaciones que no pueden realizan on-shore.

Millonarios de todo el mundo tenían entre 21 y 32 billones de dólares escondidos en más de 80 paraísos fiscales a finales de 2010 monto que equivale al PBI de Estados Unidos y Japón. De esa suma, 399.000 millones de dólares son de ricos argentinos. La estabilidad financiera revela que el principal problema es la imposibilidad de los gobiernos de controlar la circulación de una masa exorbitante de activos que se tornan críticos por el sólo hecho de que se mueven según una dinámica especulativa, capaz de desestabilizar cualquier economía. También debido a países con inseguridad jurídica y sin políticas de estímulo para retener y repatriar capitales.