El Papa Francisco ha llegado a Turín en peregrinación para rezar ante la Sábana Santa, la más preciada reliquia de la Iglesia Católica. Es una sábana de lino de 4,37 m. de largo y 1,11 m. de ancho, que fue comprada por José de Arimatea para amortajar el cadáver de Jesús, según consta en el relato evangélico. En el tejido de color amarillo claro, se puede ver la imagen frontal y dorsal del cuerpo de un hombre muerto después de haber sido torturado y crucificado. ¿Cómo quedó estampada la imagen? Esta imagen es única en la historia; no existe otra igual ni se ha podido reproducir en el laboratorio. Se trata de una imagen tridimensional, en negativo fotográfico, indeleble, superficial y pormenorizada, causada por la deshidratación de las fibras superficiales del lino.

Está descartado todo origen conocido por el hombre. ¿Cómo explican los científicos la presencia de la imagen en la tela mortuoria? Por una radiación lumínico-térmica del cuerpo, en el momento de la resurrección, quemando levemente las fibras superficiales de la tela y dejando una impronta frontal y dorsal. Esto es posible si todo el cuerpo es un foco radiante en levitación, porque las huellas dorsales están impresas sin gravedad.

Por otra parte, el cuerpo llagado también dejó su imagen por la absorción de la sangre de las heridas por la tela. Pero estas manchas de sangre no presentan desgarramiento alguno, por lo que no hay señales que la tela haya sido retirada del cuerpo con la sangre seca. La única explicación lógica es que el cuerpo no ha sido retirado del tejido, sino que la traspasó. Pero, ¿cómo es posible que un muerto emane luz, se vuelva ingrávido y atraviese su mortaja? Porque el cuerpo envuelto en la Sábana Santa es el de Cristo, que resucitó como predijo y por eso no presenta señales de descomposición cadavérica.

La imagen muestra los suplicios sufridos por Cristo con huellas tan claras que se puede leer sobre el tejido toda la narración de la Pasión, razón por la que Juan Pablo II la denominó "el quinto Evangelio” y "espejo del Evangelio”. ¿Para qué nos deja Cristo esta fotografía suya? Para que podamos valorar sus sufrimientos y así comprendamos acabadamente el inmenso amor que nos tiene. La Sábana Santa nos ayuda a conocer más a Cristo y a amarlo más.

Es como si Cristo nos dijera con el lienzo: "Mira todo lo que he sufrido por ti, por tu salvación eterna, porque te amo y derramé toda mi sangre para que tengas vida eterna”.

No podría describir aquí todos los sufrimientos de Cristo estampados en la tela. Solo diré que en su rostro se observa: pómulo derecho inflamado cerrando el ojo derecho; la frente con tres contusiones y regueros de sangre de la corona de espinas; nariz con rotura del cartílago nasal con sangre saliendo de los orificios; comisura labial con hemorragia; barba arrancada en sector delantero; pelo largo hasta los hombros apelmazados con sangre. En la cabeza: la sangre correspondiente a por lo menos 50 espinas por ser un casquete y no un aro. En el cuerpo: se cuentan 120 heridas distribuidas por delante y detrás, producidas por el flagrum o flagelum usado por los romanos. En la espalda se observan dos llagas producidas por el patibulum (palo horizontal de la cruz) madero de 40 Kg. que Cristo transportó desde el palacio de Pilatos hasta el Gólgota (600 metros en subida). Las rodillas muestran excoriaciones ensangrentadas por las caídas, donde hay polvo, el que fue analizado y corresponde al suelo de Palestina.

También la nariz tiene sangre mezclada con ese mineral. Los agujeros de los clavos no están en las palmas de las manos sino en las muñecas (espacio de Destot) lo que produce la flexión del dedo pulgar, que no se ve en la Sábana Santa. Los pies fueron perforados por un solo clavo. La herida del costado liberó muchísima sangre post mortem, proveniente de la aurícula derecha.

La Sábana Santa parece destinada a los hombres de la modernidad pues únicamente con la técnica de este siglo se descubre su misterio, por ello su mensaje es para ti y para mi, que nos dice: "Soy Jesucristo, estuve muerto pero ahora estoy vivo, resucitado. ¿Quieres tu también, como Tomás, tocar mis llagas para creer en Mi?” Y también nosotros diremos "¡Señor mío, y Dios mío”!