El freno el crecimiento de Brasil es mucho más grave del previsto por los organismos multilaterales y consultoras internacionales, en el análisis de las perspectivas económicas realizado en el primer semestre de este año, ya que surgen otros elementos que profundizan la recesión. Hasta ahora se tenían en cuenta las cifras de la caída a la luz de las impericias del gobierno de Dilma Rousseff, pero los casos de corrupción como el de Petrobras, agravaron los diagnósticos.
Para la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que evalúa la situación política y económica en los estados miembros, la recuperación brasileña tendrá que esperar a 2017, cuando se espera un incremento del PBI del 1,8%, una vez que mejoren los resultados fiscales, que se consiga estabilizar los precios internos, y que el restablecimiento de la confianza permita una mayor inversión.
Los analistas externos estiman que la caída del gigante latinoamericano tiene que ver con los bajos niveles de confianza, la incertidumbre política y el hundimiento de los precios de las materias primas. El reflejo de todo eso es una contracción del consumo privado del 3,7% en este ejercicio, al que seguirá otra del 2,3% en 2016, antes de un ascenso del 1,8% durante el año venidero.
La disyuntiva que plantea este panorama es que si se aplica efectivamente un ajuste fiscal como se ha anunciado, dentro de un programa de reformas, eso redundará en una mayor confianza que contribuya a una más pronta recuperación económica. Por el contrario, estas decisiones implican un alto costo político por los riegos de afectar los programas sociales que en Brasil tienen una amplísima proyección con múltiples beneficios.