El terremoto de Japón, con el devastador tsunami, que produjo una fuga radioactiva de la que no se conocen aún las consecuencias y el conflicto bélico en Libia, parecen dos situaciones divergentes, pero convergen en un solo y dramático escenario: El individuo luchando con la naturaleza que lo desafía y los grupos humanos enfrentados contra otras comunidades en una escalada de violencia por los intereses económicos.

Tras la catástrofe japonesa, vivir en ese país es difícil, porque aunque las noticias son confusas, ya que llegan a través de canales misceláneos (twitter, Internet) se advierte que carecen de niveles mínimos de subsistencia como energía, alimentos saludables, agua y otros elementos vitales para los humanos. Pero están sostenidos por una alta dignidad y una confianza en sus propias fuerzas al calor de sus tradiciones y creencias. El pan es compartido por todos, no se observan saqueos y las imágenes siempre son decorosas. Las historias que se narran se acercan al milagro: el bebé que sobrevivió 4 días en la arena de la playa, el perro que salvó a su amo anciano o los rescatistas que arriesgan su vida para contener el derrame radioactivo.

La cultura japonesa no se basa en las lágrimas por sus muertos sino en la idea de la reconstrucción rápida, de la ejecutividad y del esfuerzo. La rutina del trabajo continúa, a pesar de la tragedia, los niños van a la escuela y en ella permanecen refugiados. Los padres prosiguen en sus oficinas y puestos laborales dando un ejemplo de tenacidad difícil de emular. Mientras tanto el orbe entero se agita por otras presiones, confrontaciones y controversias como el caso de Libia.

En medio de esa realidad el Papa Benedicto XVI ha pedido la no proliferación nuclear y que los hombres moderen sus ambiciones materiales para no destruirse a si mismos y al planeta. La realidad del hombre no es otra cosa que un mundo en efervescencia. Del trabajo espiritual y moral que cada uno realice para si y la comunidad a la que pertenece depende la paz, surco en la que la semilla del progreso debe germinar a pesar de tan serias dificultades.

En un esquema de odio la verdadera vida carece de sentido y los individuos son herramientas de oscuros propósitos que tienen que alejar para resignificarse como seres vivientes en la plenitud de los mejores logros.