Corría el año 1919. Hacía más de dos años que Don Hipólito Irigoyen era presidente, y el pueblo atravesaba momentos difíciles ya que la Primera Guerra Mundial (1914-1918) había dejado secuelas de desocupación, miseria y una gran intranquilidad gremial. En ese panorama un hecho histórico influía negativamente en la explosiva situación argentina: la revolución comunista, que encontró muchos adeptos en nuestras organizaciones obreras. En ese clima, cualquier suceso podría convertirse en la chispa que provocara un incendio, y lo fue la huelga que mantenían los obreros de los establecimientos metalúrgicos Pedro Vasena (posteriormente Tamet SA) En los primeros días de enero, un grupo de trabajadores permanecían en estado de paro. Una piedra partió de allí rompiendo una vidriera de la fábrica. Pareció ser como una señal para que se produjera un estado de locura colectiva. De repente se oyeron algunos disparos que encontraron su blanco en varios trabajadores. De ahí a la ola de violencia que se desató no pasó mucho tiempo. La Federación Obrera Regional Argentina decretó una huelga general. Las fuerzas de línea ocuparon las calles, mientras los huelguistas asaltaban los tranvías, obligando a sus conductores a dejar sus puestos de trabajo. Era el caos. Piquetes de soldados y bomberos estaban listos para la represión. El recién designado jefe de policía, Elpidio González pidió cordura y serenidad, pero recibió una puñalada y su auto terminó volcado e incendiado. Enardecidos, arribaron los policías, bomberos y soldados de infantería y del escuadrón, portando dos ametralladoras y un cañón. Después de cinco horas, el baño de sangre se había desatado. De un crucero y un acorazado de la Marina de Guerra desembarcaron refuerzos, que sumaron dos mil hombres al personal de la ciudad de Buenos Aires. Al atardecer del jueves 9 de enero el comandante de la 2¦ División con asiento en Campo de mayo, general Luis Delepiane, bajó a la Capital para ser nombrado jefe militar, asignándole funciones auxiliares a las tropas a su mando concentradas especialmente en la Plaza del Congreso, en tanto que el transporte ferroviario y los servicios públicos quedaron confiados a la Marina. No obstante los piquetes de huelguistas detenían a los proveedores callejeros, mientras, no había transportes, espectáculos, público ni diarios. Los canillitas sólo podían vender "’La Vanguardia” y "’La Protesta”. Los huelguistas solicitaban la jornada de 8 horas, aumento entre el 20 y el 40 por ciento, el pago de horas extras, readmisión de los obreros despedidos y abolición del trabajo a destajo. La contrapropuesta: 12% de aumento y readmisión de cuantos quisieran trabajar. Luego, el Dr. Alfredo Vasena, director de la fábrica concurrió al despacho de Irigoyen donde aceptó la totalidad de las condiciones de los obreros. El Forum del 9¦ Congreso ordenó la vuelta al trabajo. A pesar de que el 16 de enero la situación quedó normalizada, la policía allanó y saqueó el local de "La Protesta". Después de un tiempo, a iniciativa del Episcopado Argentino, la Unión Popular Católica lanzó la idea de una gran colecta destinada a proporcionar fondos para un plan de obras. El fruto de la contribución fue, entre otros, el Ateneo de la Juventud y la Casa de la Empleada. Así, Buenos Aires iba despertando de la horrible pesadilla, enterró a sus muertos, limpió sus calles pero, por largo, tiempo quedó el dolor en la ciudad.

(*) Escritor.