La segunda economía del mundo, China, podría desplazar del primer lugar a los Estados Unidos en 2016, si se cumplen las estimaciones del último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), sobre las variables del crecimiento. Según el estudio del organismo sobre la evolución económica del país asiático, se espera un crecimiento del 8,5 por ciento este año y de un 8,9% en 2014, cifra mucho mayor a las previstas por distintas consultoras y, de seguir con la proyección, dentro de tres años estaría en el liderazgo global. Los principales riesgos a corto plazo son la débil demanda externa para su gran oferta exportadora, consecuencia de las limitaciones impuestas por la crisis en los principales mercados y la inflación doméstica, situada en 2012 en el 2,6% pero con repunte a principios de este año.

No obstante, para dar un salto hacia la cúspide del desarrollo, el motor de crecimiento debe estar sustentado por una reforma integral, con políticas aperturistas e integradoras ya anunciadas en las conclusiones del XVIII Congreso del Partido Comunista chino, celebrado en noviembre último, que incluyen prácticamente todas estas recomendaciones de OCDE y de otros analistas multilaterales. Es decir, no basta con exhibir parámetros de crecimientos económicos sin llevar a igual nivel la cuestión social. Existe una gran división entre los pobladores rurales y urbanos donde los primeros son considerados ciudadanos de segunda al emigrar a las ciudades, con escaso acceso a la salud, la educación y la vivienda. Son problemas estructurales como los de una industria colosal que ignora la la protección del medio ambiente. Ser potencia mundial es todo un contexto de liderazgo.