Desde la más remota antigüedad todos los pueblos han practicado alguna clase de juegos, por entretenimiento, por disputar el poder de unos sobre otros y hasta por instinto de maldad para ver caer al contrario en la arenas del martirio. Con el tiempo todo evolucionó y hoy nos encontramos con los más complejos juegos al alcance cualquiera en internet.
El juego pierde su carácter placentero para convertirse en fuente inagotable de adicción, de angustia y de culpa. A diferencia de lo que acontece con otras dependencias, la emoción y la adrenalina se cambian por la frustración y al dolor cuando se pasan los límites de la prudencia. Creer que, ahora sí, ganará porque es su gran día de suerte, no es más que el producto de un empecinamiento aferrado al sufrimiento, mientras se deshacen las promesas de dejar de jugar dadas a una familia que terminará destruida. La proliferación de juego y apuestas de todo tipo, arroja datos alarmantes en nuestro país.
Desde una perspectiva sociológica, esa tendencia anómala revela en el individuo un comportamiento que el Estado debe atender con políticas de prevención. Está plenamente comprobado que los costos sociales ligados al abuso del juego ocasiona problemas graves, como todas las adicciones. La ludopatía es reconocida como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y desde 1980 por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que la incluye en su manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.
La OMS define a las apuestas compulsivas como un trastorno mental de impulsos, enfermedad progresiva que daña y merma la salud del jugador. Implica grave descontrol, porque la persona pierde la libertad de decisión, y provoca también grandes costos sociales; es decir, la ludopatía tiene rasgos psicológicos y neurológicos que empobrecen la conducta social. En Gran Bretaña, la British Medical Association calificó los juegos de azar, apuestas, sorteos y hasta los juegos de guerra para niños que proliferan por Internet como un trastorno de conducta.
A la multiplicación de los más diversos juegos individuales o en salas de juego en el país, se suman las invitaciones a perder el tiempo jugando por canales no convencionales, como el juego online. Sería deseable que, como en el caso de cualquier trastorno, las campañas de prevención, informando claramente sobre las consecuencias a las que se expone el jugador compulsivo, se lleven a cabo de manera permanente, y dirigidas a la población con mayor exposición a los factores de riesgo que rodean al juego.
