El año paulino es ocasión de estudio del pensamiento del apóstol de los gentiles, llamado a trasmitir el evangelio a los pueblos, y dar testimonio de ese anuncio hasta el martirio.
Para ser apóstol era necesario haber visto a Cristo resucitado, haber sido llamado y enviado por Cristo a anunciar el evangelio. El llamado a Pablo se dio en circunstancias especiales, no acompañó a Cristo en su predicación y fundación de la Iglesia, lo vio resucitado en la aparición de Damasco. La situación sirve para ver con claridad en qué consiste el llamado, produce una transformación de sí mismo, el perseguidor se convirtió en apóstol. Se trata de resignificar el pasado desde un carácter nuevo, apostólico en ese caso; desde un merecimiento hecho por el llamado de Dios, no depende de sí mismo, la llamada lo hace apóstol. Además ese llamado no queda encerrado, impulsa a la praxis evangélica, la buena nueva debe ser anunciada, el apóstol necesariamente es un anunciador, y debe vivir de acuerdo a ese evangelio.
El llamado produce un acontecimiento que transforma a quien lo vive en su identidad, Pablo conmovido por ese acontecimiento reconoce en sí mismo el carácter apostólico. Ha visto al Resucitado, ahora es testigo de eso; es una gracia y al mismo tiempo un mandato que emerge del acontecimiento revelador, dar testimonio de la resurrección de Cristo, "¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?" (1Co 9, 1).
Ser apóstol es una gracia, es fruto de un encuentro con Jesús. Producido el encuentro el pensamiento lo interpreta. El acontecimiento-encuentro contiene una llamada, pero de tal manera, irresistible, que provoca la conversión por la intensidad de la presencia de Cristo resucitado, una luz del cielo en el relato de la aparición de Damasco; la luz muestra la dimensión eterna de Cristo, sin que desaparezca la dimensión temporal y con ella el sufrimiento y la cruz.
La conversión de Pablo es respuesta al llamado, aquí se habla de conversión en un sentido más profundo que el habitual; muchas veces la conversión puede ser resultado de una búsqueda sincera, de un proceso del pensamiento al que sigue la gracia; pero Pablo perseguía a la Iglesia de Cristo, puede ser tratando de preservar la ley judía a la que pertenecía, ante la posibilidad de debilitamiento en una cultura griega que no abandonaba la idolatría politeísta, pero lo que lo pone ante la realidad fue el mismo Cristo resucitado, quien se reconoce perseguido en la expresión "¿por qué me persigues?" (Hch 9,4). Ahora ante Cristo como Verdad reinterpreta lo que sabía acerca de la ley y los profetas, eso no es rechazado, es transformado por la revelación, tiene un sentido nuevo. La fe tiene sabiduría y verdad, eso debe ser entendido para vivirlo y transmitirlo a los demás, hay en el mensaje filosofía y moral que emerge del contenido de la fe; pero la luz que iluminó el camino fue Cristo mismo en una aparición luminosa.
Hoy hay que redescubrir ese significado, en la conversión el creyente se encuentra con Cristo, en el caso de Pablo puede entenderse por la intensidad del encuentro. En la catequesis que el Papa dedica a este tema en septiembre de 2008, propone como formas del encuentro, la lectura de la Biblia, la oración y la liturgia de la Iglesia. Pero hay que mostrar un mensaje creíble, aun más en tiempos de desorientación y de búsqueda, hay que dar un mensaje claro, el encuentro con Cristo en cualquier forma que sea se debe traducir en una praxis evangélica, encontrar la fe al mismo tiempo significa el poder de mostrarla. En cualquier forma el acontecimiento produce el encuentro con Cristo resucitado, y requiere una respuesta que compromete la vida, se necesita apertura para entender el mensaje y vivir la respuesta en la fe. Es un tema de preocupación actual, en un tiempo en que se ve un resurgimiento de la búsqueda de lo sagrado, del misterio; a veces en una confusión cultural que puede ser aprovechada por mensajes falsos, pero hay que pensar en plantear un mensaje válido a la demanda de sacralidad.
