"La casa de mi abuela, tenía una sola habitación de adobe, sin agua, ni baño. Con techo de cañas…”

 

Por Zulma Ledesma
Ingeniera – Matrícula Nº 2877

Hoy se habla tanto de la pobreza. Todos opinan, pero ninguno la ha sufrido como me tocó hacerlo a mí. Nací en la localidad mendocina de Punta de Vacas, tenía padres y una hermana mayor. Mi niñez fue austera pero feliz, hasta que mi padre murió en un accidente en Los Paramillos. A partir de ese momento nuestra vida cambió. Conocí todo tipo de necesidades y las sufrí de tal manera que hasta hoy, con mis 57 años de vida y mi condición de profesional, recuerdo aquellos años con un profundo dolor y a la vez orgullo porque pude superarme.

A todos los que opinan; políticos, profesionales de la salud, sociólogos, etc. quiero decirles que tengo la autoridad para aclararles que la pobreza duele. Cala muy hondo en todas las etapas de nuestra vida. Yo la padecí, de niña, de adolescente y en menor medida cuando pude trabajar.

De niña y sin padre, mi madre trabajaba día y noche, en su máquina de coser, para darnos de comer. Lo hacía en la casa de mi abuela, que tenía una sola habitación de adobe, sin agua, ni baño. Con techo de caña y barro, a través del cual se veían las estrellas. Allí pasaba mis días, sin juguetes, temiendo los vientos zondas, los fríos, calores asfixiantes y las lluvias.

¡Qué saben los que opinan! El miedo que sentimos, no era de un solo día, sino de todos los días. Era un miedo que nos dejaba mudos. Y así fuimos creciendo, sin nada. Nadie se imagina lo que se siente en el interior de cada persona. Sólo el amor de mi madre y su fe en Dios, lograron convertir ese sentimiento en un continuo crecer espiritual, que fue mi sostén en los largos años de sacrificio que tuve que hacer para salir de la miseria. A ese objetivo lo conseguí de una sola forma, tal vez la única que existe: estudiando.

En mi adolescencia tenía cayos en el alma, de tanto frío, de ir sin medias a la escuela, de las burlas… Me hice muy dura, a veces llamaban a ni madre por mi mala conducta y yo nada decía. Cómo le pedía medias a mamá si no tenía dinero, menos aún una frazada, el abrigo era una perra hermosa que me siguió un día desde el cementerio, que se acostaba a mi lado a darme calor.

Y así pasaron los años. En las hojas de los libros encontré, viajes, paisajes, vidas distintas de la mía. Yo vivía a través de esas páginas, historias distintas a la vida de marginación en la que vivía.
Hoy con mi vida resuelta, me reconozco, en cada niño, en cada adolescente, hasta el olor del miedo, porque no sé si saben, que el miedo produce un olor inconfundible.

Todos y cada uno de los políticos, deben saber que cada centavo que se roban, equivale al miedo de un niño, a su dolor, a su tristeza. La justicia de los hombres también falla.

Si con este escrito he logrado tocar el alma de quien tiene en su mano el poder de velar por los niños, o que algún adolescente comprenda que si se puede salir de la miseria estudiando, he logrado mi propósito.
Siempre me refiero con orgullo a la pobreza en que crecí y digo: Yo logré salir.