El manejo cuasi delictivo que hizo el kirchnerismo con las estadísticas oficiales para sostener el relato populista, ponderó niveles de crecimiento irreales y ocultó cifras del deterioro social negando el flagelo de la pobreza, ya sea eliminándolo de los informes ficticios, dando números irrisorios en el exterior, o bien al afirmar que contar pobres era estigmatizarlosy malversando fondos públicos.
Frente a estos antecedentes, no debería sorprender el índice de pobreza difundido el miércoles último por el Indec, luego de casi tres años sin ninguna referencia de la pobreza que alcanza al 32,2% de la población y una indigencia del 6,3% de los argentinos. Es decir, hay 8,7 millones de pobres y 1,7 millones de indigentes en el país, calculados sobre centros urbanos.
Son datos muy duros, porque impactan en el corazón de todos los que conocemos la riqueza potencial de la Argentina, pero también aceptados como la mayor estafa que puede hacer un gobierno hacia el pueblo, como es el impuesto inflacionario porque la gente de menores recursos no tiene manera de protegerse, según las propias palabras del presidente Mauricio Macri, al dar a conocer el informe vergonzante. Tampoco deben sorprender porque el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA venía arrojando esas cifras a pesar de las presiones y amenazas del gobierno anterior igual que a las consultoras que revelaban la escalada inflacionaria.
Por eso se debe reconocer la trascendencia de dar a conocer las nuevas estadísticas oficiales ante la opinión pública, lo que implica un desafío para el Gobierno porque debe asumir esta realidad, no con más asistencialismo o paliativos sino con empleo de calidad. No sólo existe una pobreza económica, regida por la canasta básica, ya que hay una pobreza estructural para ser resuelta de manera integral. ‘La pobreza tiene mucho que ver con distintas vulnerabilidades que se sienten y se sufren en la calidad educativa, el acceso a la salud, a la vivienda, al hábitat’, ha dicho la ministra de Desarrollo Social, y para eso se necesita un pormenorizado diagnóstico nacional.
Calcular las dimensiones de la pobreza va más allá del hambre, porque abarca problemas habitacionales urbanos y rurales,
el acceso a servicios básicos, educación integral, la inseguridad y la incidencia del narcotráfico como recurso de los jóvenes que no estudian ni trabajan. Sin un estudio preciso, nunca habrá ‘pobreza cero’, el objetivo de campaña de Macri, que debería convertirse en política de Estado porque a él los tiempos lo superan.
