La búsqueda del perfeccionamiento espiritual es el rasgo más sublime del paso del hombre por esta vida. Los grandes iniciados de la historia, atados fuertemente por las dudas y los interrogantes, comprendieron la necesidad de ordenar y concentrar todas sus energías mentales con el solo objeto de convertirlas en un instrumento sensible para captar las voces de lo que es verdad o no.

La meditación ha sido el camino elegido. Aislar la mente, olvidar la envoltura material que rodea este milagro que es el pensamiento, para muchos puede significar algo muy difícil o tal vez inalcanzable. Somos conscientes que sólo en instantes el individuo común se detiene a reflexionar sobre los hilos que mueven su destino y separan lo importante de lo que no lo es, lo superfluo de lo profundo, lo perenne de lo circunstancial o pasajero. Cuesta imaginar la enorme visión de aquellos gigantes del espíritu, pensadores y filósofos que se entregaron por entero a la abstracción para buscar en las sombras de las dudas algún esclarecimiento. La Edad Media pudo haber sido un alto en el camino. Quizá el adelanto en el campo científico haya sido más lento que en otras épocas, aunque los descubrimientos que se hicieron fueron importantes y el punto de partida de otros que se manifestaron en épocas modernas. Pero lo relevante es que esta edad se destacó por prevalecer el interés en elevar el pensamiento y concentrar la mente. Fue la edad en que se crearon principios filosóficos y éticos que perduran hasta nuestros días. Vinieron otras épocas y el advenimiento del maquinismo activó las apetencias materiales de la humanidad. En la medida en que la pugna por el bienestar material se iba acrecentando, el ejercicio espiritual se alejaba cada vez más, relegándolo a prácticas olvidadas. La imagen de los anacoretas, de ensimismados en noches interminables alumbradas con la tenue luz de una vela, indiferentes al paso de los días, comenzó a pertenecer a la leyenda. Obviamente que nadie pretende que nos amanezcamos pensando o meditando; todos los extremos son malos. Pero la meditación es un acto del alma humana en el cual participa la memoria, el entendimiento y la voluntad. Es la preparación de los actos del hombre y la puerta abierta a la reflexión, que es el pensamiento expresado como resultado de una acción. Lamentablemente hoy no hay tiempo para esto. Vivimos el ritmo que nos impone las vida moderna y nos vemos atraídos y arrastrados por un mundo totalmente materialista.

Pero no nos olvidemos que existe otro mundo, el espiritual, y en él, meditar unos instantes nos permite activar energías no solamente relacionadas a la subsistencia física, sino además a las orientadas a la vida del alma, a lo sublime, como son la comprensión y el respeto al prójimo, las obras de caridad, el diálogo familiar o simplemente obrar con honestidad. Con estas cosas la meditación conserva toda su dignidad y la transfiere al ser humano.