En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si alguien me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: "Me voy y volveré a ustedes". Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean" (Jn 14, 23-29).

Jesús anuncia el final de su misión terrena, y al mismo tiempo prepara la intervención futura del Espíritu Santo, el Paráclito, que tendrá la función de "enseñar" como hace un maestro y hacerles "recordar" a los discípulos lo que han escuchado. A la luz de todo lo afirmado, el don de la paz que promete entregarles, se configura como la participación en la comunión trinitaria. Es una paz distinta a la que ofrece el mundo. Se trata de "mi paz", afirma Jesús; es decir, la que brota de la unidad del Padre y del Hijo y que Jesús instaurará con su pasión, muerte y resurrección. Finalmente, vuelve a invitar a los suyos a abandonar la inquietud y el miedo. Así como Moisés, antes de su muerte había exhortado al pueblo de Israel a "no temer" (cf. Dt 31,8), del mismo modo ahora Jesús exhorta a los suyos a dejar de lado las inquietudes, pero a no abandonar la lucha. Él es nuestra paz e hizo la paz destruyendo en sí mismo la enemistad (cf. Ef 2,14-18). Destruyendo la enemistad, no al enemigo; ¡destruyéndola en sí mismo, no en los otros! En la misma época hubo un gran hombre que proclamó al mundo la paz que se había alcanzado. En Asia Menor se halló entre las ruinas de una mezquita la copia del famoso "Índice de las propias empresas" del emperador Augusto. En éste, celebra la "pax Romana" que él estableció en el mundo, definiéndola "parta victoriis pax": una paz obtenida a través de victorias militares. Jesús no se pone a analizar esta paz, pero revela que existe otra distinta. Dice: "les dejo la paz, les doy mi paz; no como la da el mundo". También la suya es una "paz fruto de victorias". Pero victorias sobre sí mismo, no sobre los demás; victorias espirituales, no militares. San Agustín explica que el Señor "es vencedor porque es víctima". Jesús nos enseñó que no hay nada por que matar, pero que hay algo por qué morir.

El camino evangélico hacia la paz tiene sentido no sólo en el ámbito de la fe, sino también en el contexto político y social. Y el actual orden mundial exige que se cambie el método de Augusto por el de Cristo. La conciencia moderna ya no acepta la vocación que Virgilio indicaba a sus conciudadanos: "Tu regere imperio populos, Romane memento": "Tu misión, recuerda, Roma, es ejercer el imperio de los pueblos". Vemos claramente en la actualidad que la única vía de la paz es destruir la enemistad, no al enemigo. Tertuliano decía que la sangre de los cristianos es semilla de otros cristianos. Lo mismo se puede decir de la sangre de los enemigos: también es semilla de otros enemigos. En una ocasión, alguien reprochó al presidente americano Abraham Lincoln (1809-1865) que era demasiado cortés con sus propios enemigos y le recordó que su deber como presidente era destruirlos. Lincoln le respondió: "¿No destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos?". Los enemigos se destruyen con las armas, la enemistad con el diálogo. La paz no se hace como la guerra. Para ésta se requieren largos preparativos: formar grandes ejércitos, preparar estrategias, y después lanzar un ataque coordinado. ¡Ay de quien quiera empezar inmediatamente y solo! Sin duda sufriría una derrota. La paz se hace exactamente al contrario: podemos estar esparcidos, pero empezamos inmediatamente, aunque esté uno solo, aún con un simple apretón de manos. ¿Qué sentido tiene manifestarse por las calles gritando "¡Paz!", si se levanta el puño amenazador y se rompe todo lo que se presenta?

Había una época en que, al término de la Cuaresma o de misiones populares, se hacían "hogueras de las vanidades". En un fuego encendido en el centro de la plaza principal de la ciudad, cada uno arrojaba los instrumentos del vicio o los objetos de superstición que tenía en casa. Ellos hacían hogueras de las vanidades; hagamos nosotros una hoguera de las hostilidades. La lección a aprender es que el perdón y la paz no cambian el pasado pero sí el futuro.