El mismo día que Mario Vargas Llosa ganaba el premio Nobel de Literatura, no sólo por su prolífica obra literaria sino también por sus posiciones políticas a favor de la libertad y de la libertad de prensa, en el lugar donde de juventud se proyectó como escritor, en Bolivia; en ese mismo lugar, el presidente Evo Morales se aprestaba a dar los últimos pasos para que sea sancionada una ley que restringe severamente la tarea periodística.

Parece una broma del destino, una paradoja. Una verdadera contradicción. Un latinoamericano, escritor y periodista, se alzó con el máximo galardón por su prédica por la libertad y en contra de la opresión. El otro, otro latinoamericano, presidente, se quedó corto con una nominación que sus partidarios le "regalaron” para ser ungido con el Nobel de la Paz, por méritos que no son muchos y no tan descollantes cuando se trata de defender derechos que son esenciales para la democracia.

No se trata solamente de una pelea de ideologías, de izquierda o de derechas, sino de trayectoria y de tiempo de estar amalgamando experiencia y sabiduría sobre una causa. Vargas Llosa es conocido por décadas de abrazar la libertad y blandir la espada en su nombre contra tiranías, dictaduras y autoritarismos tanto de izquierda como de derecha.

Morales no tiene los mismos antecedentes. Es verdad que luchó y lucha en contra de la opresión y ahora lo hace en contra de la discriminación étnica y de género. Pero en su lucha, a diferencia de Vargas Llosa, gana lo que a otros hace perder; ofrece derechos pero arrebata otros.

La ley antirracismo que fue aprobada la semana pasada por el Congreso boliviano era necesaria e importante, por la igualdad, pero es perniciosa porque conculca el derecho a la libertad de prensa, envilece a la sociedad con la censura y permite que el gobierno, que nunca se mostró amigo de los periodistas independientes, pueda discriminar a los medios según cómo se comporten con relación al poder.

Los medios bolivianos protestaron organizados como hace rato no se veía en el país. El reclamo es justo y están temerosos. Es que saben que el gobierno de Evo Morales es poco amigo de las libertades, es intolerante y cada vez más autoritario. Esta ley le permite seguir en ese camino.

Entre las reacciones contra los efectos de la ley antirracismo dieciocho periódicos, grandes y chicos, de referencia y populares protagonizaron una protesta masiva publicando sus portadas sin texto ni fotos, todo en blanco, y haciendo resaltar sólo un titular a toda página que expresaba: "No hay democracia sin libertad de expresión".

La protesta es parte de una cadena de manifestaciones públicas encabezadas por entidades de medios, sindicatos de periodistas, intelectuales, obispos y líderes de opinión que están hartos de que el presidente Morales, cada vez que trata de sancionar una nueva ley, incluye párrafos directos que minimizan la labor investigativa y de denuncia de los periodistas.

Hay coincidencia entre los propios medios y periodistas en que la referida ley es buena para terminar con una práctica ancestral de la discriminación en el país. Es una ley muy buena, a excepción de que promueve el cierre y la sanción de los medios de comunicación que permitan manifestaciones racistas.

Es evidente que los legisladores poco hicieron para entender el funcionamiento de los medios, a los que se acusa de instigar o hacer apología del racismo. Pero los medios, cuando se trata de declaraciones de interés público o hechas por personajes públicos, tienen el deber de reflejarlas, ya que si bien pueden ser dolorosas, sirven para el debate social por la importancia del emisor.