
Pareciera una frase más cercana a la queja que a la propuesta. Un lamento sobre lo que somos como sociedad, agravado en contexto de crisis. Esa costumbre argentina de remarcar desaciertos, añorando un destino de grandeza que creemos merecer. Como círculo en un espiral, siempre estamos llegando y siempre volviendo a empezar.
Hemos de convenir que la queja forma parte del ADN argentino Y hasta puede inspirar la lira del poeta, capaz de traducir el desamor en las "Quejas de un bandoneón" (tango de Juan de Dios Filiberto, 1918) Sin embargo, el lamento no pareciera ser motivador que nos lance hacia ese destino anhelado. Resulta difícil construir desde el desánimo. Claro que debemos reconocer nuestros desaciertos como paso necesario para producir cambios. El diagnóstico social es una valiosa herramienta. Pero además de señalar debilidades, debe permitirnos conocer capacidades, fortalezas y oportunidad de mejora como grupo social.
Todos sabemos de nuestra historia hecha de desencuentros, grietas, contradicciones e injusticias sociales. Todos sabemos, hasta el cansancio lo repiten los gobiernos de turno, de la pesada herencia social recibida. Pero tampoco la queja pareciera resolver problemas. Sí la herencia es deuda que hipoteca el futuro de millones de hermanos, se ha de gestionar hacia adelante para saldarla y no pasando facturas al pasado.
He aquí nuestro punto: convertir la queja en una propuesta. Un camino de superación que debemos transitar movidos por la esperanza. Esperanza de que llegaremos a ser esa nación que inspiró tantas gestas. Me inclino a creer que aún nos mueve la sana ambición de alcanzar ese sueño. Sueño difícil de conseguir, pero factible, pues de las cosas imposibles no cabe la esperanza (Santo Tomás, Compendio de Teología Madrid Ed. Rialp. pág. 349).
Coincido con Marcelo Tassara ("El drama cultural argentino, o por qué no somos un país en serio", Ed. DUNKEN, 2005), que el consumismo y la apatía espiritual han debilitado esa conciencia épica de un destino mejor. Pero a diferencia del escritor porteño, creo que aún quedan vestigios de aquel anhelo. Una suerte de imán que desencadena ciudadanías activas y solidarias. Todos conocemos historias de altruismo y generosidad a nuestro alrededor. Esta pandemia, también ha sido tiempo propicio para ello. Ciudadanos anónimos a los que Tassara llama "los sostenedores del sistema". Ciudadanos que libre y gratuitamente ofrecen su tiempo, trabajo y talento en la construcción del bien común. Voluntariados creados para acompañar y ayudar a los sectores más vulnerables.
La pandemia efectivamente, desnudó lo que somos. Una sociedad con heroicidades anónimas en las bases, que sostienen un sueño común. Escalones más arriba, donde habita el poder, encandilada por las luces de la fama, la epopeya a veces se diluye, dando paso al relato.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
