Era un 11 de septiembre, allá por los años ’70. Hacía yo un microprograma radial junto al entonces prometedor Mario Pereyra, y aproveché la fecha para contar una anécdota ejemplar de Sarmiento, que narra en sus Memorias el doctor Zorrilla, entonces secretario privado del presidente Avellaneda. Según Zorrilla, con motivo de la inauguración del tramo Buenos Aires-Tucumán del Ferrocarril Central Argentino, Sarmiento participó del viaje inaugural como invitado del presidente de la Nación, y durante los días que permanecieron en el jardín de la República el gran sanjuanino protagonizó diversos actos políticos y culturales.
La víspera del regreso a la Capital Federal, Sarmiento fue agasajado con un espléndido banquete en el que, a los postres, agradeció los desusados elogios con que se lo había halagado, con estas nobles palabras: "Debo reconocer que a lo largo de mi vida también he cometido algunos errores". Y con humilde grandeza agregó: "Pero así como Jesús perdonó a la Magdalena sus pecados porque ella había amado mucho, así yo espero que la Patria me perdone mis errores, porque todos han nacido de mi amor por ella". Sólo los grandes saben ser humildes, subrayé.
Recuerdo que no bien terminé el hermoso relato recibí una llamada telefónica. Una rotunda voz de hombre me reprochaba fuertemente el haberle señalado errores a Sarmiento. Era don César H. Guerrero, una vez mas proclamando su incondicional amor al prócer y su desidia y valiente defensa de su grandeza.
A partir de aquel día se quebró la cortesía con que hasta entonces don César y yo nos habíamos tratado, y no hubo mas saludo entre él y yo.
Pasaron algunos años, y una mañana de otro septiembre me entregaron en mi despacho de la Biblioteca de la Corte una invitación para un acto a realizarse en la Casa Natal. Venía con la firma de aquel fervoroso censor.
Por la tarde me presenté en la casa histórica, y para mi sorpresa, el director salió a mi encuentro extendiéndome su mano. Era don César.
Aquella tarde, en la Casa Natal de Sarmiento, renació una cordial amistad, por la generosa nobleza de aquel ferviente enamorado del gran sanjuanino y sincero imitador de su noble humildad. Fue toda una lección para mi.
