El 11 de septiembre de 1888 fallecía en Asunción del Paraguay, Domingo Faustino Sarmiento. A 121 años de la muerte del gran constructor de nuestro sistema educativo, es buena ocasión para exaltar la memoria de quien usó el poder político para fundar escuelas, organizar la educación pública y dotarla de la gran misión civilizadora de combatir la ignorancia y preparar a las generaciones para cumplir con su función de ciudadanos.

Esa misión reclama una renovación acorde con los tiempos, pero en su esencia perdura y siguen siendo indispensables los objetivos de saber leer y escribir, operar matemáticamente y ser un ciudadano consciente de sus deberes y derechos. Cuando la ONU y la UNESCO declararon el 8 de septiembre como Día Internacional de la Alfabetización, en 1967, pusieron el énfasis en la reducción de los iletrados.

Hace 21 años, nuestro país recibía el premio Asociación Internacional de Lectura por su Plan Nacional de Alfabetización. La distinción fue el dictamen unánime del gran jurado internacional de la UNESCO, uno de cuyos miembros era el eminente pedagogo brasileño Paulo Freyre. Recordar ese momento de gloria para la educación argentina nos obliga, desdichadamente, a ubicarnos en el presente. Como tantas otras cosas buenas que hemos poseído, ese espléndido plan de alfabetización se fue desmantelando con los gobiernos que sucedieron al de Raúl Alfonsín.

Por la negligencia de una dirigencia que aún no logra comprender cuáles son las necesidades reales de la población, Argentina tiene todavía hoy un gran número de analfabetos y, más grave, de analfabetos funcionales, aquellos que aprendieron a leer y a escribir pero que por abandonar tempranamente el colegio, no lograron internalizar debidamente ese aprendizaje y lo fueron perdiendo con el tiempo. En un mundo que exige como requisito básico saber leer, escribir y comprender perfectamente, muchos argentinos no están en condiciones de gozar de lo que es un derecho inalienable y una formidable herramienta de trabajo e inserción social.

Cuando se realizó el primer Congreso Internacional de Alfabetización, en Teherán, en 1965, se trabajó con una consigna: "Hay dos formas políticas de tratar la realidad. Mostrarla para transformarla u ocultarla para conservarla". Es fácil saber cuál de las posibilidades rige hoy en Argentina.