Según las últimas cifras oficiales, de los 40.117.096 habitantes que actualmente tiene nuestro país, 12.333.747 son niños; es decir, que constituyen el 30,75% del total de la población argentina que hoy festeja su día.

Se observa ahora que los niños dejan la infancia cada vez más temprano. Pero, a pesar de ello, los chicos siguen siendo chicos y no son ni serán adultos de verdad antes de la edad que corresponda, por más que los alienten a eso. Sin embargo, el juego es lo que define al universo infantil, y precisamente uno de los juegos que los chicos practican de manera creciente en áreas urbanas de Occidente es el de "ser grandes”, haciendo suyas conductas y actitudes antes reservadas a los mayores.

Esas conductas no transforman a los niños en grandes, sino en niños sobreadaptados a presiones y exigencias que van desde la dilución de los roles parentales hasta la violencia del marketing que los tiene por objetivo. La agresividad del medio ambiente y una sobreestimulación ligada a la exposición a cuestiones de las que debieran ser protegidos, como el hipersexualismo de bajísima calidad que impera en ciertos medios, los lleva a veces a desarrollarse físicamente antes de lo esperado.

La pubertad, está apareciendo antes de lo que lo hacía años atrás, aunque a la vez luego la adolescencia se extiende mucho, como para emparejar las cosas. Desde siempre se elogia a todo niño o niña al que se considera maduro por asumir conductas que lo hacen parecer mayor a su edad. Se piensa que lo ideal para un ser humano es ser adulto, por lo que la infancia es un paso de valor relativo que debe darse, pero que no siempre se ve como valioso por sí mismo.

En función de esa concepción, cuanto más se asemeje un niño a un adulto, más cercano está al ideal, por lo que el elogio se supone merecido y se ofrece con generosidad al chico que hable como grande y tenga en su modo de obrar el estilo de adultos. Pero los chicos, no dejan nunca de serlo, más allá de lo que hagan o de que ocupen lugares que deben ocupar los adultos, o más allá de lo que les pasa cuando cobijan su fragilidad disfrazándose de gente grande, según la caricatura de adultez de turno.

Cuidando a los chicos, los adultos cuidamos nuestra capacidad de creer y de nutrirnos en esa capacidad. Sin esa capacidad de creer en la niñez, no habrá milagro, y sin milagro, la vida se marchita.