"Tenemos la responsabilidad de una cultura, la responsabilidad de una inteligencia, la responsabilidad del ánimo, del espíritu mismo del país. Un poco más de tiempo y nos habremos convertido del todo. El primer deber consiste en emancipar y llevar adelante nuestros puntos de vista intelectual, cultural y moral. No es fácil, pues la estulticia creciente amenaza ahogarlo todo”.

Estas palabras fueron escogidas de la producción de Eduardo Mallea y se adecuan al accionar de nuestros estudiosos quienes llegan a nosotros con mensajes inesperados, donde se aplicara la máxima de Lao-Tse, según la cual lo material no es útil más que por lo espiritual.

Don Jorge Luis Bates, "Luisito” como le llamaban sus amigos, rescató material imperdible de diferentes temas y a través de su prosa atrapante escribe con la pasión que se siente inspirado este pasaje dedicado al Libertador de América que he querido traer al recuerdo dentro del mes sanmartiniano: "El duro camino que le tocó transitar a José de San Martín en su larga y agitada vida, estaba llegando a su ya deseado término; y en algún momento más de lucidez, cuando aún no había entrado en el oscuro laberinto del coma definitivo, Merceditas, "la infanta mendocina”, la hija querida que llenó de inefable ternura su retiro en Boulogne, le escucha las últimas palabras, coordinadas por el postrer instante: "C’est l’orage qui mene auport” ("Es la tempestad que llega al puerto”).

En aquel abrigo de la Francia elegida para acallar los suspiros del proscripto voluntario, enternecidos por el tiempo y la distancia, ancla la nave donde cree que nadie vendrá ya a perturbar las horas de un necesario y merecido descanso. La tempestad ha pasado. Los densos nubarrones de Guayaquil y, sobre todo, los de la Patria convulsionada, sin haberle dejado de interesar jamás, no gravitan ahora con la persistencia de antes, y se ha ido yendo lentamente con las horas. Pero de pronto vuelven violentos a sacudir los recuerdo como para que, vivos aún en la tempestad que fueron en algún momento, el héroe de Chacabuco y Maipú, el héroe de la América redenta se despida de ellos. Y la tempestad, "l’orage, llega al puerto donde el navío levará anclas de un momento a otro”.

A la tres de la tarde de aquel 17 de agosto de 1850, llega hasta él, "au port”, al puerto donde se balancea para apresurar, acaso, la caída definitiva de la última lágrima. Y, ya no está físicamente.