Es San Juan Bautista, en quien los conquistadores se inspiraron para colocarle el nombre a nuestra provincia, el que puede iluminarnos sobre cómo llevar a cabo nuestra tarea profética en el mundo de hoy. Jesús define a Juan el Bautista como "más que un profeta”, pero ¿dónde está la profecía en su caso?

Los profetas anunciaban una salvación futura; pero el precursor no es alguien que anuncia una salvación futura; él indica a uno que está presente. Entonces, ¿en qué sentido se puede llamar profeta? Isaías, Jeremías, Ezequiel ayudaban al pueblo a superar la barrera del tiempo; Juan el Bautista ayuda al pueblo a superar la barrera, aún más gruesa, de las apariencias contrarias, del escándalo, de la banalidad y la pobreza con que la hora fatídica se manifiesta. Juan el Bautista nos enseña que para ser profetas no se necesita una gran doctrina o elocuencia. Él no es un gran teólogo; tiene una cristología bastante pobre y rudimentaria. No conoce todavía los títulos más elevados de Jesús: Hijo de Dios, Verbo, ni siquiera el de Hijo del hombre. Pero ¡cómo logra hacer oír la grandeza y unicidad de Cristo! Usa imágenes sencillísimas, de campesino: "No soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. El mundo y la humanidad aparecen, por sus palabras, dentro de un tamiz que Él, el Mesías, sostiene y agita con sus manos. Ante Él se decide quién permanece y quién cae, quién es grano bueno y quién paja que se lleva el viento.

En este marco me referiré a la mística cristiana señalando que la palabra mística deriva del griego "mistyke”, y en líneas generales designa lo relativo al misterio. La mística se basa en la idea de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Esta idea que ya se encuentra en Platón pasa al cristianismo donde es enriquecida relacionándola con las tres personas de la Trinidad. San Buenaventura en el itinerario de la mente hacia Dios considera la memoria como facultad imagen del Padre, el entendimiento como facultad imagen del Hijo y la voluntad como facultad imagen del Espíritu Santo.

Para explicar la experiencia mística la filósofa y santa Edith Stein sigue fundamentalmente a San Juan de la Cruz por ofrecer una de las exposiciones más completas y claras. La doctrina espiritual de Stein no puede comprenderse si se deja de lado el sello fenomenológico que la acompaña. La Fenomenología es el lenguaje filosófico materno de la autora. Para ella el espíritu es la instancia que lleva el sello de la inmaterialidad e intemporalidad y constituye el centro en el cual la persona encuentra su sentido único, en el radica la capacidad de comunicación con otros sujetos y con Dios. Es la presencia del espíritu lo que permite colocar a la persona por encima del resto de los vivientes que sólo poseen alma vegetativa o sensitiva, y es también su presencia condición necesaria para el acceso del hombre al ámbito de la trascendencia y de la vida de la gracia.

La idea central de la doctrina espiritual steiniana se funda y desarrolla en torno a la Theologia Crucis según el modelo de San Juan de la Cruz. Toda experiencia mística pasa por la experiencia de la Cruz, en palabras de San Juan por la "Noche Oscura”. El misterio de la Cruz es la fuerza vivificante de la vida espiritual y la vida del hombre es un "Vía Crucis” que de a poco va identificándose con Cristo hasta la experiencia de la unión mística con Dios. Por su parte, todos los hombres somos participes de la Cruz de Cristo y la experiencia del encuentro con el misterio de la Cruz representa el momento crucial en el camino hacia la plenitud de su existencia. Algunos elegidos como los místicos reciben la gracia de participar de modo especial de los sufrimientos de Cristo. Sin embargo, la Cruz y el dolor no son la instancia final de la vida espiritual y mística, sino la preparación para la eterna unión del alma con Dios en el amor.

Por mística entendemos lo relativo al misterio, lo que es inabarcable por nuestros medios naturales como los sentidos. Nuestra alma que es subsistente, simple e inmortal está creada por Dios para que por amor se una a Él en la eternidad, sin embargo, en su infinita misericordia el Padre permite que accedamos mediante un camino de ascenso a un destello de vida eterna en la tierra, es decir que al menos por un instante el alma humana pueda unirse a Dios Padre en el amor.

Edith Stein expone de manera clara como se produce el ascenso místico en San Juan de la Cruz, dicho ascenso se inicia con la "Subida” que comienza con la oración. Luego se produce un fenómeno que el místico español denomina "Noche Oscura” en la que se experimenta el abandono de Dios Padre y se sufre similar a lo que Cristo padeció en la Cruz por nosotros, aquí es donde se anula la capacidad de los sentidos y el alma queda desnuda espiritualmente para contemplar a Dios cara a cara y finalmente unirse a Él en el amor. El amor, el sufrimiento y la entrega total del alma a Dios son condiciones indispensables para toda experiencia mística. Una vez que el alma se eleva a un orden sobrenatural no conoce tiempo cronológico, no tiene recuerdos terrenales y olvida su condición anterior.