San Clemente de Roma escribía a los cristianos de la comunidad de Corintio: ‘El Padre bueno y misericordioso en todo siente aprecio por quienes le temen; con gusto y alegría concede muestras de su gracia a quienes acuden a él con corazón inocente”. Ireneo de Lyon -para muchos, el primer teólogo sistemático- entendió la misericordia como el atributo especial de Dios. Sin duda, la misericordia es el segundo nombre de Dios.

Si Dios es amor, su esencia íntima se hace próxima a nosotros por analogía con el amor humano. Porque de la esencia del amor humano brota el que una persona se da a sí mismo en el don. Dar todo de sí, es expresión sublime del amor. Hay un despojo ‘kenótico” de Dios, que se da todo por nosotros. Pero sigue siendo él mismo. El amor no anula. Ni a quien recibe y ni quien da. El amor después del pecado, es esa misericordia bondadosa de Dios. Un bálsamo de amor que cura la herida de la falta. La misericordia posee siempre la forma interior del amor.

El amor curativo no anula las diferencias. Respeta la dignidad de la persona, que no la pierde ni siquiera por el pecado. Tampoco el pecado original ha cancelado la imagen de Dios en nosotros. Sí la ha ‘ofuscado”, quitado brillo y belleza.

La misericordia es el rostro visible y eficaz hacia fuera, de la esencia de Dios Amor. No puede ser considerado un atributo más de Dios. Es la caridad operativa y efectiva de Dios.

Y el mal, ¿es perdonable?

El mal, de suyo, es una realidad que no se puede justificar. Gabriel Marcel observa que el mal infligido al otro inocente, constituye ‘lo injustificable”. Emanuel Lévinas expresa que el mal del sufrimiento es lo ‘no asumible”, lo ‘no integrable en la unidad de un orden o de un sentido”. Pero de hecho el mal existe. Está ahí.

La pregunta: ante quien me hace el mal, ¿es posible alimentar una actitud misericordiosa con él? Más allá del primer momento inicial, donde lo reflexivo es escaso, ¿ha de tener lugar la experiencia del perdón?

Ciertamente, el discípulo auténtico de Jesucristo, redentor del mal, ha de asumir la actitud del padre bueno de la parábola del hijo pródigo. La actitud del mismo Jesús, que puso la otra mejilla ante el violento. Dicha actitud no desplaza la búsqueda de justicia y reparación del daño. Incluso porque es un bien para quien ha pecado o delinquido.

El perdón es el rostro bello de la misericordia.

¿Tienen vigencia hoy las obras de misericordia?

Más que nunca quizás. En un mundo enfermo de autorreferencialidad, las obras de misericordia son un contrapeso desde lo personal, a esa corriente de egoísmo.

Desde los dichos y hechos de Jesús (Mt 25, 30 ss.), la tradición cristiana elaboró la teología de las siete obras de misericordia corporales y siete espirituales.

Las obras de misericordia corporales son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar lugar en casa al peregrino, visitar y cuidar a los enfermos, redimir al cautivo y enterrar a los que mueren.

Las obras de misericordia espirituales son: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, consolar al triste, corregir al que yerra, perdonar las injurias, sufrir con paciencia los defectos del otro, rezar a Dios por los vivos y los difuntos.

En su regla, San Benito de Nursia agregaba una más: ‘No desesperar nunca de la misericordia divina”.

Estamos convencidos que un cristiano con entrañas de Misericordia desarrolla en su vida una ‘sensibilidad” por el otro que sufre, que hace que el dolor sea el suyo, de algún modo. Como dijera E. Lévinas, el rostro del otro me convoca a la responsabilidad.

La misericordia revela en sus ‘obras”, que es ontológicamente superior a la justicia. Ser sensible a la necesidad del prójimo, desaloja cualquier forma de autorreferencialidad malsana.

Las obras de misericordia son creadoras de fraternidad, pues el otro ‘siente” la cercanía del donante, y hace suyo el gesto de compartir.