Transcurría el verano de 1947 cuando en el tren El Cuyano llegó a San Juan Aníbal Troilo "Pichuco” con su orquesta típica. Se hospedaron en el Hotel Palace de la calle Rivadavia, preparándose para las dos actuaciones que tendrían en nuestra provincia ese fin de semana.
En su primera actuación se presentó la noche de un viernes en el Patio Uliarte (donde actualmente está DIARIO DE CUYO). Integraban la orquesta músicos de notable valía como el mismo Troilo y su hermano mayor Marcos, junto con Domingo Mattio y Alberto García en la línea de bandoneones, Reynaldo Nichele y David Díaz el primer violín, y su hermano Kicho en contrabajo con el pianista Carlos Figari. Las voces eran las de Edmundo Rivero, con un perfecto registro de barítono y Aldo Calderón como tenor ligero. Las composiciones musicales que interpretaron fueron variadas, pero los éxitos del repertorio por entonces eran los instrumentales "La cumparsita”, "Inspiración”, "Quejas de bandoneón”, "Ojos negros”, "El Pollo Ricardo” y pocos más.
Rivero era un guitarrero pulcro y estudioso, con una voz criolla de estilo campero, que hizo época y dejó huellas en el sentimiento tanguero que perdura y conmueve. Se definía como un cantor nacional, y aquí cantó "Los ejes de mi carreta”, milonga de Atahualpa Yupanqui; "Mi noche triste” y "De vuelta al bulín”, ambos de Pascual Contursi, y pudo cantar "Sur” de Homero Manzi y el mismo Troilo que lo grabará el febrero siguiente, y "Romance de Barrio” de los mismos autores, que fue éxito de la orquesta anterior con la voz de Floreal Ruiz.
El rosarino Calderón cantó "Y volvemos a querernos” (La cruz de esta esquina nos muestra otra vez…) de Aznar y Leocatta; "Volvamos a empezar” (…y la pálida princesa/ de aquel verso de Rubén…), y un estilo pampeano de viejo cuño: "Ansina es la madre mía” (Gaucha como una tonada,/ linda como un par de espuelas…), y el final con "Las tonadas son tonadas”, (…dormidita en la enramada) una canción cuyana de Cristino Tapia. A dúo cantaron "A unos ojos” (y la dulce mirada que enamora…), el bellísimo vals de los sanjuaninos Hernán Videla Flores y Carlos Montbrun Ocampo -a quienes la bohemia los hace allí presentes-, y la milonga porteña Miriñaque de Alberto Mastra.
La noche del sábado, luego de actuar en el mismo Patio, ascienden a un ómnibus línea 16 de la floreciente Empresa Mayo con todo el equipaje de sus integrantes y suben, ya tarde, al escenario del Club Atenas de Pocito. Repiten las composiciones musicales, y el Gordo Triste, el Bandoneón Mayor de Buenos Aires así dispuesto por Julián Centeya, apadrina allí de una forma simbólica a Aníbal Páez, un niño humilde pocitano que ahora viejo vive aquí cerca, como una forma de homenaje familiar a su persona que el artista acepta halagado, con esa bonhomía que lo caracterizó desde su íntima niñez, y él correspondió con su armonioso lenguaje de notas inmortales.
Ya de madrugada todos juntos caminan unos pasos, y en la Estación Pocito esperan al Cuyano nuevamente y parten al Sur definitivo.
El Fueye del Abasto, que nació hace ya cien años, no esparcirá nunca más sus quejas inspiradas por estos arrabales últimos. Murió el 18 de mayo de 1975 con sólo 60 años.
(*) Médico Clínico.
