Una de las elecciones más acertadas y genuinas del hombre contemporáneo es el ejercicio consciente y adulto de la libertad responsable.

Este valor inapreciable se ha ido perdiendo en los tiempos actuales quizás porque la transmisión desde la familia hasta el plano social como núcleo vital formador aparece un tanto desconfigurado. Es imperativo por ello que el ser humano deba asumirse como tal desde el centro mismo de su conciencia y esta orientación tiene que ser primordial en todos los ámbitos de su quehacer: en el hogar, en el trabajo, en la profesión, en sus creencias, en su espiritualidad y en todo aquello que le acontece para afirmarse como tal y multiplicar esa idea en otros fundando así la verdadera vida democrática.

No todos están preparados para ejercer esa libertad pero sin duda es una actividad que debe nacer de nosotros mismos hacia otros en un sentido grupal y social para crear el más amplio concepto de comunidad y de equipo y lograr no solo la formación personal sino la de la sociedad en su conjunto.

Los niveles de agresión verbal y físico, en constante ascenso, ponen barreras al hombre libre en sus elecciones y en las diferentes opciones que le ofrece una vida digna.

El tema es complejo, antiguo y actual a la vez pero más encendido que nunca hoy donde padres, adolescentes y niños parecen desconocer los límites de la acepción más aguda de vivir en la libertad y no transformarla en libertinaje.

Ante un repertorio de posibilidades en el diario vivir ese hombre cercado por diversos estímulos negativos debe tener capacidad para discernir aquello que lo llevará al triunfo o al fracaso.

El criterio y el sentido común parecen ausentarse de una sociedad que vacila, que agrede y no acierta en soluciones concretas para el bien común.

Tres grandes ejes dirigen la libertad responsable: la identidad, es decir, saber quiénes somos; la autoestima, cuánto valemos moral e intelectualmente y finalmente en una sola dirección la elección, la aceptación y la iniciativa.

Qué elegimos para nosotros mismos y para nuestras familias, qué nivel de aceptación tenemos en el entorno social y qué capacidad proyectiva nos permite crear y sustentarnos desde lo humano.

Un hombre sin proyectos, sin ideas no puede ejercer en su totalidad la libertad responsable porque no llena de contenido su existencia y no puede expresarse en acciones valederas.

En la situación de crisis y de conflicto aparece sin duda desdibujada la figura más enérgica del ser libre porque la opresión, la duda, la incertidumbre manejan sus actos.

Sin embargo, todo dependerá de la reacción de la sociedad y la habilidad que muestre para vencer la adversidad y hacer de esa hora crítica una suerte de renovación que lo impulse a mejores obras.

En la trama vital surgen dos definiciones claves: la participación y el nivel ejercido desde la autocrítica, que deben dar rumbo a las instituciones educativas, políticas, sociales.

El hombre libre, aquel con verdaderas convicciones y con costumbres arraigadas en las más sólidas tradiciones, puede dar una orientación a su vida desde la satisfacción no solo del deber cumplido sino de la interpretación de su propia realidad con inusitado valor.

La sociedad toda debiera efectuar hoy un diagnóstico valiente de sus carencias, sus debilidades y sus fortalezas y luego un pronóstico, sin tecnicismos nacido de sus raíces más solidarias y hondas, para que el perfeccionamiento moral, la idoneidad y el reconocimiento de habilidades proactivas le esbocen su panorama de progreso.

Esto implica una disposición de apertura y no de obstinación propia de los que carecen de singular entendimiento y visión de futuro.

Ejercitar el pensamiento seguido de un objetivo posible y concreto constituye una vinculación con logros sustentables.

Hay siempre una necesidad en el hombre de hacer de su capacidad para mirar otros horizontes un ejercicio dinámico, porque eso implica evolución y no estancamiento.

Suponer que el mundo se detiene debido a las diversas dificultades que el medio ambiente, la faz económica con la parálisis de los mercados que así se lo imponen es ingenuo.

El hombre que sabe obrar según su más sereno juicio, aún en medio del conglomerado social convulsionado, hace valer su sabiduría e inteligencia por sobre el mero acto de vivir.

En la era del conocimiento y en el orbe tecnológico, la libertad responsable adquiere una dimensión que sólo la voluntad creciente de un ser humano formal e informado puede convertir en obras de superación y descubrimiento, de nuevos valores que configuren la más plena de las realizaciones.