A tres décadas de la fatídica e insensata decisión de recuperar militarmente nuestras islas Malvinas, por parte de la dictadura militar, la distancia ha permitido una visión más equilibrada sobre ese conflicto bélico. No podemos dejar de tributar un reconocimiento emocionado a quienes lucharon con heroísmo y, por supuesto, a los que ofrendaron sus vidas por la patria.

Tampoco es posible obviar el gravísimo error estratégico que significó la ocupación de las islas y el altísimo precio que debió pagar el país por esa equivocación, que tanto contribuyó a acrecentar la desconfianza con que la Argentina ha sido vista en algunos foros mundiales. Nuestros soldados fueron embarcados en una guerra en la que enfrentaron, sin una preparación adecuada, a la segunda fuerza militar de la Organización del Atlántico Norte (OTAN). A pesar de su precario equipamiento, de las evidentes fallas de conducción que se observaron y, sobre todo, de la falta de una eficaz coordinación en los altos mandos, el comportamiento de las armas argentinas fue juzgado positivamente por muchos observadores internacionales, que destacaron su denodado espíritu de lucha.

Las Malvinas pertenecen a la Argentina por el derecho de sucesión jurídica adquirido al independizarse de España, que tuvo la posesión efectiva pública, continuada y pacífica desde 1767 hasta que pasaron a formar parte del territorio nacional en virtud de esa independencia. El desafío, hoy, es cargar con el peso de toda la historia y, sin negarla ni desmentirla, medir nuestros pasos futuros con toda la racionalidad, el equilibrio y la lucidez que requiere la genuina defensa del interés nacional.

Los habitantes de las islas, en caso de ser recuperadas, están protegidos por la Constitución Nacional, reformada en 1994, que impone respetar el modo de vida de los isleños, lo que además significa respetar sus intereses. Necesitamos tener siempre presente que ellos no son nuestra contraparte en la disputa de soberanía, sino el Reino Unido, que usurpó esa parte de nuestro territorio en 1833.

Sepamos extraer la enseñanza que la experiencia de 1982 nos deja, con sus ambivalencias, sus valores rescatables y sus amargos fracasos. Y construyamos, de aquí en más, los escenarios estratégicos externos e internos que mejor resulten al interés de la patria.