"La libertad de expresión no da derecho a insultar la fe de los demás", ha expresado el papa Francisco en estos días de su viaje pastoral por Asia.

Menos aún una imprudencia editorial se ha de pagar con la vida.

El repudiable y macabro atentado a los periodistas y guardias de la revista francesa "Charlie Hebdo", signará este tiempo para nosotros y para nuestra posteridad por idéntica causa: el intento de suplir la racionabilidad esencial de la conducta humana por su negación radical, es decir por un intento de construir lo humano desde lo irracional. ¿Absurdo? Ciertamente. Entre los flagelos de nuestro tiempo, el terrorismo es quizá la apuesta mayor por el absurdo irracional.

Contando con estrategias subversivas, dirigidas a la destrucción de personas y de cosas, asestando golpes no ya en objetivos militares sino en los lugares donde transcurre la vida cotidiana, el terrorismo se ha transformado en una red oscura de complicidades políticas, con sofisticados medios técnicos y avales financieros. Se mata a sangre fría. Esa es la primera condición para que la ira se propague a escala universal, a sangre fría.

El terrorista de hoy tiene al servicio de su irracionalidad instrumentos inconmensurablemente más eficaces que el fuego utilizado por Nerón para destruir Roma y por ello su presencia destruye la esperanza y perturba a los prudentes.

Sólo se puede vencer al terrorismo recuperando el orden; no cualquier orden, sino el que impone las "cosas en su lugar", ese mismo orden que sustenta la paz y la belleza como enseñó San Agustín luego de contemplar desde su fe cristiana el dolor que soportaron en su tiempo frente a la irracionalidad de la corrupción de la cultura antigua y de la barbarie de los inciviles.

Y todo ese derroche de medios tecnológicos y financieros, ¿para qué? El terrorismo busca destruir el esquema socio-político de Occidente y su pretensión de universalidad. Busca instalarse en el mundo todo, obligando al resto a asumir sus pautas culturales.

Y para aquella minúscula porción de musulmanes que aún creen en la "guerra santa", digámoslo claramente: "guerra santa" es una contradicción en los términos. Ninguna guerra es buena. No trae frutos de justicia.

Para construir una nueva cultura donde la paz sea cimiento de las relaciones entre hombres y pueblos no basta el discurso de mera denuncia y el uso de la fuerza represora. Es necesario actuar suprimiendo sus causas profundas, donde radica el verdadero desorden, base y origen de las diversas manifestaciones de violencia cuyo amplio espectro abarca desde el miedo a usar de la propia libertad hasta el odio a la libertad del otro que impulsa a la comisión de hechos donde la destrucción y la muerte producen generalizado pánico. En otras palabras, luchar contra el terrorismo debilitando sus causas. Este es el camino obligado para recuperar el orden inmanente de la humanidad, orden que constituye y posibilita la justicia y la solidaridad y abre las puertas a la caridad, virtudes que sin él se convierten en nombres sin sentido. Cualquier proyecto que mantenga separados dos derechos indivisibles e interdependientes como el de la paz y el de un desarrollo integral y solidario está condenado al fracaso.

Peter Sloterdijk dice que el 22 de abril de 1915 comenzó un nuevo tiempo en la historia: los alemanes derramaron sobre las trincheras francesas, ayudados por vientos favorables, 5.700 botellas de gas mostaza. Tras formarse una trinchera de 6 km de ancho que el viento hacía avanzar, los soldados no podían respirar aire puro sino intoxicado. Miles de muertos fue el saldo. Comenzó así la siembra del terror desde el dominio del aire. Después de los ataques con gas tóxico, el aire perdió su inocencia. Como los aviones de las guerras mundiales o los del 11 de septiembre: el espacio aéreo también perdió hace un siglo su inocencia.

Será necesario un verdadero renacer de la cultura a partir de nuevas formas de incardinación de los valores que hacen a la justicia, la solidaridad y la caridad para que desde ellos renazca nuevamente la esperanza. Se impone una nueva y profunda evangelización de la cultura que nos enseñe a superar desde la recta razón los reduccionismos estériles que llevan a las injustas exclusiones y nos permita, desde la fe y la razón, destruir el odio y reconstruir la esperanza.

(*) Párroco de Nuestra Señora de Tulum y Director del Instituto de Bioética de la Universidad Católica de Cuyo.