Nuestro país se mueve con el impulso de los usos y costumbres, que en los últimos años parecen haberle ganado terreno no sólo a la legalidad y al orden sino al sentido común que reclama la ciudadanía. Los ánimos exacerbados, las tensiones y las rispideces originadas en los pensamientos encontrados que enfocan determinados temas, se vuelcan con verborragia descalificadora para quien está parado en la vereda de enfrente.

Lo peor es que esta intolerancia dialéctica no respeta jerarquías y menos investiduras erigidas por el pueblo en un Estado de derecho y, lamentablemente, muchos epítetos buscan ampararse en la libertad de expresión que garantiza la democracia a los interlocutores de la comunidad organizada. Los ejemplos son casi a diario, se reflejan en los medios informativos, y se agravan cuando la alocución intempestiva agravia gratuitamente, porque se puede transmitir una misma posición sectorial sin insultos.

Es el caso de Hugo Moyano, acérrimo kirchnerista hasta hace poco y ahora enfrentado con el Gobierno nacional en el papel de opositor furibundo. El líder camionero embistió contra la presidenta de la Nación, en un reciente acto sindical, con agravios personales y burlas hacia su gestión. Y siguiendo la misma línea discursiva de su padre, Facundo Moyano dijo en otro acto que por haber ganado la presidencia "ella creyó que era la diosa, ya no la reina, ante la que hay que arrodillarse”.

Desde el otro ángulo de la intolerancia, el cantautor Fito Páez agravió al jefe del Gobierno porteño y a su ministro de Educación en una retrospectiva perversa, propia de una personalidad desquiciada, señalando que Mauricio Macri o Esteban Bullrich "en la dictadura hubieran sido buchones, hubieran entregado gente”, una hipotética figura horrenda que ensucia el honor de los funcionarios. Páez ya había dicho que le daba "asco” el electorado que optó por el PRO, en los últimos comicios porteños.

La tolerancia es un acto de racionalidad, porque acepta al que piensa diferente y abre las puertas al debate de ideas y desde el diálogo se alcanza el consenso, que es lo que se reclama a los políticos y figuras gravitantes la sociedad en su conjunto para aportar soluciones a los grandes temas que nos agobian y que requieren solución. La cultura del diálogo entre sordos, o de la réplica permanente, no ayuda a la sana convivencia.