La página en blanco de un diario es un mensaje, un desafío y también una singular metáfora: La no expresión. Cuando perdemos la libertad de prensa, algo se rompe en la vida cotidiana de quien camina todos los días la misma rutina, con idénticos problemas.

Si bien todos los medios de comunicación trascienden e informan, la prensa gráfica tiene subjetividad propia desde la textura del papel y sus amplias connotaciones hasta el detallismo con que se configura el producto informativo. Si para unos son cerrojos para otros son puertas abiertas a un orbe fantástico nutrido de la realidad más impactante, la que va escribiendo la historia de los pueblos.

Si la prensa calla, muere la voz anónima de los sin voz, más allá de los intereses económicos y las tendencias ideológicas. El diario nos permite palpitar una vida que se cristaliza en letra de molde, mejora el silencio, abre nuevos caminos de conocimientos, propagan el cotidiano acontecer y nos perfecciona con saberes actualizados y próximos.

La elocuencia de la palabra escrita es fértil semilla para otras ideas germinadoras de libertad y hondura de pensamiento. Porque el hombre necesita de profundidades para comprender desde su propia óptica el mundo que lo rodea y la acción de sus protagonistas. La información es sustancia pero la noticia es creación. Difundirla es tarea ardua y conflictiva que pone en riesgo la existencia de quienes realizan esta tarea. El verdadero periodismo no vive de palabras vacías, sino de contenidos significativos y actuales que perviven en la mente del perceptor y lo llevan a pensar y a llenar de plenitud sus espacios áridos y silenciosos.

En plena era digital el hombre necesitará siempre los libros, los diarios, las revistas, en el cause luminoso de un soporte sin fronteras que le permite ser portable, económico y extremadamente documental. Por eso, la palabra en él se amplía, se dosifica, se encauza, se propaga, se dilata y penetra en un pensamiento mayor que genera ideas provocadoras de pequeñas y cotidianas realidades, a la vez que de hechos importantes y contundentes.

La luz de la palabra impresa nos pertenece a todos y el camino plural donde muchas voces se pronuncian no es errático. El manejo oficial no puede detenerlo, porque la palabra vuela y se instala en el principio mismo de la identidad de los pueblos y en el privilegio de selección que todo habitante con derechos propios elige para sí y los suyos. Esa verdad inexorable debe instalarse en el corazón mismo de la democracia participativa y saludable.