Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, uno de los compromisos sociales, ecológicos y políticos más promovidos por las Naciones Unidas con el firme compromiso de todos los estados miembros, parece hoy destinado a convertirse en una frustración histórica en todos los campos previstos por el ambicioso proyecto de promoción global, para lograr mejores condiciones de vida, atender a los sectores más postergados de la humanidad y proteger el medio ambiente.
Si bien deben reconocerse numerosos avances en las diferentes áreas comprendidas en el programa, al cabo de los plazos y las prórrogas concedidas a los gobiernos ejecutores, el déficit de logros propuestos se contabiliza en los números de la impericia o de las omisiones de quienes debieron implementar los citados objetivos de desarrollo. En este marco se conoció ayer en Madrid, el informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) sobre la situación de los niños vulnerables del planeta.
En este seguimiento Unicef afirma que sigue habiendo notables diferencias entre regiones, pues el riesgo de que un niño menor de cinco años muera en un país en desarrollo es el doble que en un país desarrollado, y dicho riesgo es casi 15 veces mayor si se habla del África subsahariana. Aún cuando hubo avances en el cumplimiento de los objetivos, la desigualdad de oportunidades dejó a casi 600 millones de niños viviendo en la extrema pobreza con menos de 1,25 dólares al día, muchos de ellos sin acceso a educación, salud y sufriendo desnutrición. Y en este cruel panorama han incidido más los conflictos puntuales que la crisis económica global, como la verdadera amenaza para el cumplimiento de los objetivos.
En este contexto de absoluta desprotección, Interpol liberó ayer a niños de entre 5 y 16 años que trabajaban en condiciones extremas y que ponían en riesgo su salud sin obtener ningún salario ni educación a cambio. Algunas de las víctimas, que llevaban un año trabajando en el campo, relataron a los investigadores que tenían una larga jornada laboral. Estos niños esclavos procedían de Burkina Faso, Guinea, Malí y la región norte de Costa de Marfil, informó Interpol desde Nairobi.
Es otra muestra de la indefensión absoluta que padecen las generaciones nacidas en medio de la hambruna crónica, la huida sistemática de familias perseguidas en sus lugares de origen y la ausencia de solidaridad social de quienes pueden compadecerse con los indigentes del mundo.
