Hace unos días fallecía en nuestra provincia Roald Viganó, un verdadero maestro amante de la historia, la cual sabía transmitir con una gran sencillez pero profunda pasión, tratando siempre de ver al hombre atrás de los grandes acontecimientos de la historia nacional y de sacar una enseñanza moral y sobrenatural. Convencido lamentablemente como pocos hoy en día en su país, que la historia es la maestra de la vida y que el pasado y sus hombres sobresalientes, son un arquetipo para las generaciones presentes y futuras. La historia, entendía Roald, servía para unir y forjar un destino de grandeza nacional.
Fue un verdadero admirador del Padre de la Patria. Y ese amor que brotaba de su interior al contar aspectos de su vida, lo transmitía a su auditorio logrando captar su atención y movilizando la fibra más íntima de la emoción y la admiración por el Libertador. Recordamos entre tantas, las charlas que brindaba a los jóvenes en la celda histórica, el lugar que precisamente alojara al General San Martín en 1815.
Varios de sus libros retratan al libertador en su faz humana, destacando sus virtudes por sobre sus conquistas, su grandeza moral y su sacrificio por aquel bien que estaba por encima de su propia vida: La Patria.
Precisamente de uno de sus libros, extraemos una anécdota que pinta la personalidad de San Martín y la idiosincrasia argentina, más afectos muchas veces a lo que viene de afuera, que a valorar lo propio. El libro en cuestión es "’Perfiles de Grandeza” y relata el diálogo tenido entre San Martín y dos personajes en relación al vino que venía de Málaga y el elaborado en nuestro suelo cuyano.
San Martín amó Mendoza con afecto insondable. Deseó, ya en sus últimos años de vida en Francia, poder vivir el tiempo que restaba en aquella Chacra de "’Los Barriales” que el cabildo de Mendoza donara al futuro Libertador de América por sus servicios y en prueba del afecto que se había granjeado entre la población de las tres ciudades cuyanas.
Precisamente en esa Chacra, en sus tiempos libres, San Martín crió caballos, sembró trigo para el molino que incluía la propiedad y elaboró vino. Y ese vino da pie al relato de Roald Viganó en "’La alucinación de los Rótulos”:
"’Un día (San Martín) invitó a almorzar a dos buenos amigos quienes, entre otras cosas, presumían de experimentados catadores de vinos, y pensó en jugarles una broma aparentemente intrascendente, pero con muchas miga.
Con esa intención bromista, el general se tomó el pequeño trabajo, antes de que llegaran sus amigos, de adherir un rótulo que decía "’Mendoza” a una botella que contenía vino auténtico de Málaga, y un rótulo que decía "’Málaga” a una botella con vino de Mendoza, que él mismo había elaborado.
Terminado el almuerzo, descorchó con cierta solemnidad las dos botellas y obsequió de una y otra a los invitados, pidiéndoles su opinión:
-El mendocino es muy bueno -dijeron los supuestos expertos- pero no puede compararse con el malagueño. La diferencia es innegable…
Rió entonces San Martín de muy buena gana y reveló a sus amigos el engaño, amonestándoles al fin:
-Caballeros: ustedes de vinos no entienden un diablo, y se dejan alucinar por un rótulo extranjero…”
Y Roald concluye el relato con una gran enseñanza moral propia de su personalidad cristianamente profunda y reflexiva: "’Dos profundas enseñanzas hay en esta humorada de Don José de San Martín. Una es que ni los vinos ni los hombres deben juzgarse por las apariencias y que siempre es prudente no confiar a ciegas en etiquetas y membretes. La otra es que no ha de preferirse lo extranjero a los nacional sólo por ser extranjero; porque no siempre es mejor el pan del horno vecino”.
En este nuevo aniversario del paso a la inmoralidad del Padre de la Patria y en memoria y agradecimiento interior a quien nos hizo amar al Libertador de América, don Roald Viganó, es que escribimos estas simples líneas.
(*) Asesor histórico Mon. Hco Nac. "’Celda del Gral. San Martín”. Junta de Historia Eclesiástica Argentina. Conferencia Episcopal Argentina, miembro correspondiente por San Juan.
