Un día, no hace mucho, tu compañero de andanzas saltó desde su casa-barril y se internó en el humo celeste. Desde allí nos sigue enseñando el modo de ser sano y felices con poquito. Años antes, te había dejado casi sola tu papá, Don Ramón ("Rondamón” para el Chavito); y ahora vos te acomodas al lado del silencio, si no fuera porque La Vecindad está llena de afectos y gritos amables. Nos dejas, seguramente sin quererlo, porque aún eras joven; pero la vida es más o menos eso, conquistas y soledades. Tras los pasos cansinos de tu padre, camino del infinito (que suele tener en estos casos un color azulino), te nos fuiste a los chillidos. Seguramente, muchachita de rumores y dulzura, no aguantaste semejante soledad; meneaste de ausencias tu pollerita corta y te persuadiste de que ahí, en ese patio vacío, ya no había mucho que hacer.

Desde esa ventana desmesurada donde los buenos sueños y los amores habitan en la eternidad, nos has de espiar la ingenuidad, nos has de empujar hacia la dulzura. Caen manantiales de luz sobre ese conventillo mejicano donde pasaba de todo, menos golpes bajos. La Vecindad se arma de paciencia abrazada a soledades, hasta que la memoria colectiva, de niños y grandes, la reconstruya en el viento. No muere lo bello. No muere lo bueno. Los espacios de la televisión se siguen prestigiando (y sanando) en el mundo con vuestra presencia. Todos los días, en cualquier lugar del planeta, se abren y cierran puertas que miran a un patio cerrado donde familias humildes constantemente nos enseñan la vida simple, la vida luminosa, con gestos llenos de gracia y luz.

María Antonieta de las Nieves se ha ido. Su pose de niña traviesa y caprichosa se nos esconde en el corazón. Su proclama en llantos estentóreos, llantos de niña en suma, sube escalones de tarde morada, en pos del mimo de su padre, en pos de la complicidad del Chavito.

Una vez escribí sobre el autor de esta historieta encantadora: "Nada es casual ni arbitrario en la pintura que diariamente Gómez Bolaño, en casi todos los países de habla hispana, ha dejado para siempre en la pantalla televisiva, en derredor de un simple barrilito. Del redondel de ese castillito de madera emerge siempre un ser que entró sin permiso en el corazón colectivo. Allí retorna a dormir sueños rellenos de hambre y ternura, y reaparece al día siguiente como el genio de la lámpara de Aladino, si frotamos la caja sorpresa de un televisor contradictorio, a la hora prometida.”.

La Vecindad se va vaciando de ternuras legítimamente conseguidas. Con el tiempo, la tira que estira el ingenio y la bondad en nuestras pantallas, se irá poblando de imágenes que ya la vida tangible no puede contener. No importa. Las muertes que vayan sucediendo, los viajes que vayan realizando sus personajes, no la vaciarán, siempre serán tránsitos al fondo del pecho colectivo.