La hermanita de mi amigo el "Gordo” tenía, como yo, cinco años y padecía de poliomielitis. Entonces, esta enfermedad que gravemente paraliza los miembros, era de sumo riesgo, incurable y de rápida evolución hasta la muerte. Yo no lo sabía. Cuando niños, nos cuesta imaginar escenarios definitivos.
Desde mi curiosidad infantil, la había observado algunas veces con su dolencia explícita, flaquísima y frágil en su sillita de ruedas, cuando la sacaban a la vereda o llevaban al médico, y alguna vez tirada en su camita como hoja inerte. Me daba la impresión de que Virginia nos ignoraba o nos veía de otro modo, no sé cual, y su mirada, extraña y distante, nos alcanzaba con un velo de infinita tristeza; pero lo que me impresionaba era su inmovilidad.
Aquella mañana yo jugaba en casa con mi amigo, cuando golpearon las manos. Salí y me encontré con la empleada de su casa quien, apresuradamente, me dijo que necesitaban que el Gordo fuera inmediatamente para allá; yo escuché: "porque la nena se está moviendo”.
Sentí rara alegría al saber que su hermanita, siempre inmóvil, estuviera recuperando algún impulso, y se lo comuniqué. Atónito, vi como mi amigo salió corriendo como loco. Hubo unos minutos de tensa expectación. Quedé paralizado frente a esa casa de rústicos ladrillos post terremoto, techo de madera a dos aguas, cocina con fogón, pasillo angosto, donde algo que presumía extraño estaba ocurriendo. Desde un fondo gris donde seguramente el corazón había caído a recoger algunas sombras, me atropelló un frente de congojas y pequeñas lagrimitas que no podía explicar. Volví a casa mirando el suelo que los vecinos solían mojar con un tarro de durazno amarrado a un palo de escoba. Me escondí en mi pieza sin saber por qué lo hacía, hasta que por el vecindario del barrio aquel de casas enfiladas y humildes, rápidamente corrió la noticia: Virginia había muerto.
Entonces entendí todo. Experimenté tremenda vergüenza por haber entendido tan mal, o quizá por no haber querido admitir lo que escuchaba; nunca lo supe; no era fácil a los oídos de un niño aún no codeado con la muerte, admitir esa realidad.
Esa mañana, cuando se instaló en el barrio el blanco ritual del velorio de un angelito, y la gente se agolpaba en la acera de esa casa que parecía llorar, a despedir la ternura, a resignar ilusiones, a perder una inocencia; traté de eludir al Gordo, y por varios días me escondí de él. Yo había imaginado moverse a su inmóvil hermanita. Él la había visto morir.
