La guerra civil que estalló en Siria en marzo de 2011, consecuencia de las primeras manifestaciones populares en Damasco contra el régimen tiránico de Bachar al Asad, está lejos alcanzar una solución, mientras el país se desangra y la mediación internacional se frustra en los intentos de pacificación.
Desde la irrupción del pueblo en demanda de democracia, reflejo de la "’primavera árabe”, y la durísima represión gubernamental, el conflicto ya dejó más de 70.000 muertos y 100.000 heridos graves, según estiman los organismos de ayuda humanitaria que asisten a la sufrida población civil, precisamente la que soporta los horrores de la guerra. Más de un millón de sirios, la mitad de ellos niños, han escapado buscando refugio en los países vecinos. El Líbano, Jordania, Turquía, Irak y, en menor medida, Egipto y otros países del norte de África les han abierto las puertas en un gesto generoso a pesar de las limitaciones económicas para atender a esa enorme masa de refugiados. El éxodo de desplazados también es interno: unas 400.000 familias han huido desde el 1 de enero pasado desde las áreas urbanas hacia zonas rurales, según un informe del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR).
Pero el principal interrogante son los motivos por los cuales fracasan los intentos de pacificación mediante la intervención de los organismos multilaterales, enredados en sus posiciones económicas, geopolíticas, estratégicas e ideológicas. El apoyo de China y Rusia al gobierno de Damasco, en el Consejo de Seguridad, impiden a la ONU actuar y, al mismo tiempo, ha dado oxígeno al régimen sirio, embarcado ciegamente en ganar esta guerra civil a pesar de las caóticas consecuencias.
Pekín y Moscú vetaron en tres ocasiones las resoluciones contra Al Asad, ya que defienden sus intereses en la zona y porque consideran que la aprobación de una resolución en la ONU abriría la puerta a una intervención militar de Occidente en Siria, similar a la ocurrida en Libia.
Tanto China como Rusia tienen importantes razones económicas y geopolíticas para apoyar al régimen de Damasco en todos los foros internacionales. El Kremlin es uno de los principales abastecedores de armas a Al Asad y, con su postura, trata de evitar que las naciones occidentales se posicionen más en la región. China, cuya economía cada vez está más presente en África y Oriente Medio, tampoco quiere perder posiciones ni influencia ante sus competidores en la zona, principalmente EEUU y la Unión Europea.
