Nueve días después de ordenar el envío de 30.000 soldados adicionales a Afganistán, el presidente de Estados Unidos dijo en Oslo que "a veces la guerra es necesaria, y en cierta medida es una expresión de los sentimientos humanos". Obama agregó que a veces "los instrumentos de la guerra tienen un papel que desempeñar en la preservación de la paz".

Estas expresiones resultan poco felices a esta altura de la civilización, más este año, en que se recuerda el 70º aniversario del inicio de la II Guerra Mundial que dejó millones de víctimas y pueblos enteramente destruidos. Se equivoca Obama al afirmar que la guerra es a veces necesaria. El mundo tiene necesidad de alcanzar la paz por medio del instrumento racional del diálogo, y no por la irracionalidad de la fuerza.

Si bien la guerra es una expresión de los sentimientos humanos, no todo lo que siente el hombre debe ejecutarlo siempre. La civilización a la que aspira la humanidad no necesita basarse en la fuerza, sino en la victoria sobre nosotros mismos, sobre las potencias de la injusticia, del egoísmo y del odio que pueden llegar a desfigurar al hombre. Educar para la paz exige a los individuos y a los pueblos a respetar el orden internacional y observar los compromisos asumidos por las autoridades que los representan legítimamente. La paz y el derecho están íntimamente unidos: el derecho favorece la paz.

Hoy el derecho internacional tiene dificultades para ofrecer soluciones a las situaciones conflictivas derivadas de los cambios en el panorama del mundo contemporáneo. Estas mismas situaciones cuentan frecuentemente entre sus protagonistas con agentes que no son Estados, sino entes derivados de la disgregación de los Estados mismos, o vinculados a reivindicaciones independentistas, o bien relacionados con organizaciones criminales, como son los grupos terroristas.

La lucha contra el terrorismo no puede reducirse sólo a operaciones represivas y punitivas. También es necesario llevarla al plano político y pedagógico, para evitar las causas que originan las injusticias, de las cuales surgen los móviles de los actos más desesperados y sanguinarios.