La decisión de lanzar la bomba atómica sobre Japón el 5 de agosto de 1945 se tomó después de varios meses de cavilaciones. Muchos científicos que habían trabajado en el proyecto firmaron peticiones solicitando que no se llevara a cabo. Liberaba una energía de 20.000 tn. de TNT y para muchos militares la nueva bomba no planteaba más problemas de conciencia que una bomba de gran poder.
Un científico sugirió hacer una demostración ante observadores extranjeros para incitar al gobierno japonés a que se rindiera. Pero, ¿Y si la bomba fallara? ¿Si los japoneses se negaban a enviar representantes a la demostración? ¿Si trasladaban a los prisioneros de guerra a las regiones claves y desafiaban a los norteamericanos a llevar a cabo su amenaza? También se corría el riesgo de perder la ventaja de la sorpresa. Obviamente se planteaba una cuestión que iba a perturbar la conciencia de toda la humanidad.
Después de la guerra el presidente de los EEUU, Harry Truman aceptó esta responsabilidad con estas palabras: "…yo consideraba la bomba como un arma y jamás he dudado un segundo en que debiera emplearse". El almirante William D. Leahy emitió este amargo juicio: "el empleo de esta bárbara arma tanto en Hiroshima como en Nagasaki no nos fue de ninguna utilidad. El enemigo ya estaba derrotado".
¿Quién tenía razón?. Muy pocos serán los hombres que habiendo conocido como éstos la situación desde 1945 se crean autorizados a pronunciar un juicio definitivo. Si el aspecto moral de esta decisión sigue siendo discutible, no lo son sus efectos en el terreno estrictamente militar. El día fatídico había llegado. A las 8 horas 15′ y 17” el avión( Enola Gay) abrió su compuerta: se había desprendido la bomba atómica ("Litle Boy") de 4.435 Kgrs., 4,25 mts. de largo y 1,50 mts. de diámetro. A la vista fue una gigantesca bola de fuego que se elevó a 6.500 mts. de altura. La onda expansiva fue equivalente a un viento de 800 kilómetros por hora. Lo que pasó después todos lo sabemos.
En Japón mientras tanto, una niña se debatía entre la vida y la muerte. Se llamaba Saadako Sasaki y tenía 14 años. "Si logro fabricar con mis manos 1.000 alas de papel blanco -decía a sus compañeras- no moriré". Sin embargo su vida se extinguió antes que las 1.000 alas emprendieran su vuelo. Hoy, en Hiroshima un monumento recuerda la historia de esta niña. Y las niñas de las escuelas, en cada aniversario construyen frágiles alas de papel blanco que son enviadas a la gran mayoría de los gobernantes del mundo. Saadako Sasaki vive aún en cada una de las alas de papel blanco, y cada una de estas alitas es una esperanza; una esperanza que en un pequeño puntito del globo terráqueo llamado San Juan, es también un recuerdo de tan triste acontecimiento.
