Durante 1887, con la salud deteriorada por la sordera y una insuficiencia cardiovascular y bronquial, Domingo Faustino Sarmiento se refugió en el clima cálido de Asunción del Paraguay. Era un anciano y su salud estaba quebrantada. El 11 de septiembre de 1888 fallece en el vecino país y sus restos fueron inhumados en Buenos Aires diez días después.

Ante su tumba, Carlos Pellegrini sintetizó el juicio general: "Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América”. Un rasgo sobresaliente en el genial sanjuanino fue la renuencia a los halagos de la popularidad, pues creía que los pueblos tenían más para ganar con la verdad, por dura que sea, que con la indulgencia para señalarles vicios o deficiencias. He ahí su primera lección. ¿Cuántos ciudadanos, en actos de auténtico servicio, estarían dispuestos a decir lo que la gente no quiere oír? ¿Cuántos más a liberarse de la servidumbre de encuestas de opinión antes de expresar libremente el pensamiento sobre temas conflictivos de interés público?

Sarmiento no había sido educado para la mentira ni para ocultar pensamientos. "Es libre -declaró-, sólo aquel que puede decir siempre la verdad”. En 1845 iniciaba su monumental obra "Facundo”, de indispensable lectura en estos tiempos del Bicentenario con estas palabras: "Sombra terrible de Facundo voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo”. En esa historia novelada, describe como nadie las tensiones y los conflictos internos suscitados entre los intentos de avanzar en la edificación de un Estado nacional, mientras el país procuraba sacudirse de encima los resabios coloniales. Muchos de los problemas e interrogantes expresados en esa colosal obra de alta densidad sociológica no han encontrado respuesta; más aún, se han potenciado en nuestros días.

Durante 200 años el país se ha debatido en un movimiento pendular de avances y retrocesos que han hecho cada vez más difícil, desde mediados del siglo pasado, el desarrollo nacional y que se logren niveles razonables de bienestar ciudadano. En la posdata de 1974 a su prólogo de "Recuerdos de provincia”, Borges escribió que, si en lugar de canonizar el "Martín Fierro” los argentinos hubiéramos canonizado el "Facundo” otra "y mejor hubiera sido nuestra historia”.

Sarmiento vive entre nosotros y vivirá siempre entre las nuevas generaciones, mientras en esta tierra se rinda culto a la inteligencia, al patriotismo y a la virtud.