Hay tantas fórmulas numéricas como filósofos de la redonda. Los tiempos cambian y los apellidos también: de la aplanadora del 2-3-5 que usaba la célebre máquina riverplatense al escuálido Boca del enojado Falcioni en plena Bombonera con un 4-4-1-1. En el medio, menottistas y bilardistas, bianchistas y ramonistas, la revolución de Zubeldía o la revolución de Lavolpe, o el nuevo duelo global: mou-pep del Madrid o el Barca. 4-3-3, 4-4-2, 3-5-2, 4-3-1-2, en todos los casos la cifra señala jugadores, que deben ser siempre 10 y donde la separación con guiones señala la manera de distribuírlos en la cancha.

Más gente adelante que atrás, como se jugaba en los albores del fenómeno de masas hasta los 50, cuando empezó a ser inoculado por el virus de los resultados y se pasó sin escalas a todos colgados del travesaño. Hasta hoy, donde la tiranía del centro del campo señala que quien gana esa batalla habrá conquistado un imperio. Pero todos, absolutamente todos los sistemas, han chocado con las leyes de la física, inexpugnables hasta estos tiempos a las canchereadas humanas de explicar en una mesa de café que llueve para arriba: quien pone más jugadores arriba se descubre abajo, y -por contrario- quien pone todos atrás ataca con un sólo delantero convertido en Llanero solitario. Nació así la filosofía de la frazada corta: si se cubre la cabeza se destapan los pies y si se se cubren bien los pies se descubre la cabeza. Fácil de exportar desde los terrenos de juego a otros órdenes de la vida.

Por supuesto que la fórmula rige aún en los destinos más dificultosos como la economía o la política. Los presupuestos públicos hablan claro de las dificultades de cubrir con ellos el abanico completo de necesidades, y por lo tanto hace falta optar entre cubrir lo más importante y dejar a la intemperie lo más lateral.

Es allí donde entra en juego el condimento que hace más humano a este desafío y lo descuelga de la categoría de un juego para la play: la razonabilidad, sentido común que ofrezca un orientador inspirado para que aquellas decisiones no aparezcan arbitrarias.

En el terreno de los apretujones políticos no hay demanda de este tipo de criterios para cortar las tortas, por desgracia. Pero sí existen multitud de ocasiones en que se plantea el dilema de la frazada corta y eso termina convirtiéndose en un factor de discordia y de estampida, más que de armonía.

Lo atraviesan hoy las oposiciones, en el orden nacional y en el orden local. En todo el país resulta notorio cómo la dirigencia espadea entre pares para ponerse a resguardo del frío, mientras en el orden local aparecen demasiadas firmas para lo que se presenta como posible. No ocuparemos de estos últimos.

Por ahora, el plebiscito ha pateado los plazos de definiciones hasta después del 8 de mayo, día de la consulta. Pero después de esa fecha habrá sólo un puñado de días para la definición: todos juntos debajo de la frazada, o separados y en lucha entre pares para quedar adentro.

Es que el 23 de mayo vence el plazo para las alianzas y entonces, sin que alcancen a percibirlo por completo, rige el tiempo de descuento para los dirigentes opositores locales en su trabajo de definir una oferta en común para octubre.

La pregunta de rigor es: así como están las cosas y si no ocurre nada fuera de lo habitual, ¿cuántos serían los cargos expectantes que podrán ilusionarse con ocupar los dirigentes opositores?

Seguro, seguro, un senador, el destinado a la oposición salga el sol por donde salga. ¿Un diputado nacional? Para que eso ocurra, la boleta de un eventual scrum opositor deberá evitar que la del oficialismo lo triplique, algo que ocurrió hace 4 años cuando Gioja obtuvo la reelección con el 63% de los votos y casi vuelve a ocurrir hace dos -sin Gioja en la boleta-, cuando Ibarra entró por el canto de una uña. Posible, no seguro.

Un puñado de legisladores provinciales por la proporción: por un 30% de los votos generales de la elección corresponden unos 6. Los diputados departamentales deben ser obtenidos en el terreno de juego, ¿en cuáles de ellos pueden ganar? Hoy por hoy, a la vista no hay ninguno donde exista un dirigente opositor con nítidas chances de triunfo. Lo mismo ocurre con los intendentes, donde un sobrevuelo territorial deja en blanco las chances de aspirantes opositores. Por ahora, lo que más se acerca parece ser Caucete, Angaco o Rivadavia.

Si uno supone una buena elección opositora con todos los dirigentes juntos, los departamentos podrán arrojar entre 2 y 3 concejales cada uno en promedio -con algunos de 5 como Capital y otros de 1-, lo que arroja una cuenta de algo más de 50 ediles en toda la provincia.

Después están los cargos institucionales que llegarán como promesa. Un puesto en el Tribunal de Cuentas y otro en el IPEEM que corresponden a la oposición, con el perjuicio de que si van todos juntos dejarán otros dos asientos -uno y uno- en quien salga tercero. Y un manojo de asesorías rentadas de donde surgirá la recompensa para la militancia.

Por cómo están las expectativas electorales en este momento, son unos 60 cargos públicos, apenas 10 de ellos de relevancia, los que deberán ser distribuidos entre representantes de al menos 4 fuerzas bien distintas en la oposición sanjuanina. A no ser, lógico, que la oposición local gane en octubre.

Ese es el tamaño de la frazada, que no sólo deberá cubrir a Basualdo, Ibarra, Colombo y Conti sino a las numerosas muchedumbres que suelen amontonarse detrás cada vez que hay elecciones. Y ese es el tono de las negociaciones por estos días: cuál es el tipo de calzador que hace falta para que entren en la misma boleta sin que nadie se sienta desplazado y tentado a pegar un portazo. Bien lejos de los "acuerdos programáticos" que se suelen invocar -en la oposición y en el oficialismo- para justificar los armados.

Parece demasiada gente a primera vista para llenar los casilleros expectantes. Con el agravante de que por ahora esa discusión aparece paralizada por la euforia del 8 de mayo, y que al día siguiente les caerá la ficha de la urgencia y la dificultad. Más ahora que aparece un nuevo invitado a la mesa: el senador César Gioja, llegado a jugar un rol que por ahora a nadie preocupa en el espinel opositor.

Después están los matices, cada uno con un desarrollo propio, y que irán siendo analizados en próximas ediciones de esta columna.

Por ejemplo, la posibilidad de que César abra una colectora oficialista: detrás de Cristina presidente, pero en otro partido provincial. Suena para acompañarlo Enrique Conti, con lo cual el scrum opositor anterior perdería a un integrante. Hay algunos inconvenientes, ninguno insalvable: la necesaria reconversión de Conti a Cristinista, y que la Presidenta acepte la colectora en perjuicio de José Luis Gioja.

O por ejemplo el rol que jugará Rodolfo Colombo. El actuarista hoy está tentado de subirse al grupo opositor y ocupar el casillero de diputado nacional, a ver si alguna vez moja después de tanto remar. Pero está el otro camino: encabezar la fórmula radical, con que la candidatura nacional de Alfonsín -y siendo las presidenciales el mismo día de las provinciales- suponen un arrastre importante. Lo malo: otra vez a remar. Lo bueno: puede cosechar más para su gente.

Y para el final está la búsqueda de un candidato nacional que pueda albergar juntos a todos los opositores de San Juan, un obstáculo insalvable para cualquier armado opositor en cualquier lugar del país, sin figuras que encandilen y que cada día parecen más comprometidos con el triunfo. De Cristina, claro.